Se va fundiendo la noche y tú parado frente a la ventana aguardas algún presagio.
-Tienen que pasar los días-
Fue lo único que dijiste, y yo guarde silencio sin saber que agregar a tu comentario. Pasaran los días me dije, y lo dijo mi corazón y lo dijo mi lengua quedamente para que solo yo escuchara.
Pasara el cuarto y el quinto día y desde la ventana veremos llegar la plaga de Cuetzpallies trepar por las paredes de este templo en busca de la sombra y del fresco alivio del interior donde tu y yo permanecemos. Y tras ellas llegara también la calamidad arrastrando su largo cuerpo, vendrán en cientos y tu me corriges.
-Serán miles-
Y mis ojos se agrandan y mi boca se seca y mi corazón sufre palpitaciones y busco tu espalda para resguardarme de este quinto día que supone ser el mas largo de todos.
Nunca haz comido carne de coatl y no la comerás y yo, no la comeré mientras permanezca a tu lado y es por eso que tenemos que resguardarnos de ellas.
Afuera todo esta silencio, los animales y las aves se han ido de este lugar, no querían ser devorados, los pequeños ratones y las ardillas fueron los primeros en salir huyendo, los cuervos obscurecieron el cielo cuando sobrevolaron en cientos de parvadas y el ultimo de los quetzales titubeo antes de abandonar el nido.
-Pasaran los días-
Volviste a decir, y la frase se venia haciendo cada vez mas corta y el sol venia realizando su descenso y pinto brevemente las copas de los árboles de un doloroso dorado.
Solo los insectos y sus larvas se quedaron para alimentarnos, en el negro comal tronaron las panzas abultadas de los chapulines y de las xauis, en aromáticas tortillas de maíz envolvimos escamoles y jumiles que aderezamos con salsa roja y verde, también me serviste unas gorditas copetudas de ahuahutle y fríjol bayo.
Por ultimo nos refrescamos con un vaso de nieve de leche de cabra endulzada con miel y pétalos de violetas, a la que adornaste con una mariposa monarca que movía sus alas en cámara lenta como si estuviera hipnotizada, aguardando el final del Miquiztli o el sexto día. Tus manos entonces me encontraron afanada en la mesa de preparación tratando de moderar una orquesta de chapulines que brincaban incesantemente en la placa de talavera, tus manos tibias recorrieron mis hombros me jalaron suavemente hacia ti y estando mi espalda recargada en tu pecho sentí como tus manos hábilmente fueron liberándome primero de un botón y mas tarde de la cremallera.
Tu mano derecha anduvo el camino tantas veces recorrido de oscuro pelambre y tu dedo anular se hundió en la tibia humedad de rojísimos labios y era tu mano izquierda un aguijón que me paralizaba.
Me diste un beso largo y perfumado de cardamomo en el cuello y finalmente me susurraste al oído lo que habíamos aguardado durante estos días de encierro y pesadumbre.
-Asómate por la ventana-
Una bruma densa y pesada se revolvía bajo las copas de los árboles y de entre ella, cortando a filo de machete asomo la húmeda punta de su nariz el Mazatl y piso firme el musgo verdoso que nace en la puerta y dejo la huella efímera de vaho que sale de la chimenea de su nariz en una ventana.
Y tu volviste a la cocina y el ruido habitual de las ollas y las sartenes llenaron esta tu casa y poco a poco fue tomando vida el fogón de carbón y el nixtamal iniciaba el primer hervor del día y una gallo distraído canto siete veces y tu me miras de reojo y sonríes y me das los buenos días.
Beatrix
viernes, julio 29, 2005
viernes, julio 22, 2005
Calli
Despierto a tu lado, junto a ti. Las primeras horas me ofrendan el pausado ritmo que tiene tu respiración. Hemos dormido por varias horas, afuera el ruido de la ciudad araña las paredes y teje una tela pegajosa en el marco de las ventanas.
Hay una urgencia por tocarte, por irrumpir en la quietud de tus muslos y recorrer la tenue línea que se forma en tus ingles. Subir el firme camino que conduce a tu pecho, morder las dos avellanas de pequeñas puntas y pasearme por el filo de tus hombros y finalmente hundir mi nariz en la mullida ala de cuervo que es tu pelo.
Abandono la cama con la finalidad de ir en busca de un café, pienso que contemplarte así, dormido, mientras bebo un poco de café, debe ser aun más sublime. Así que encamino mis pasos por el pasillo angosto, el techo es elevado y en el centro encuentro un traga luz nacido del vientre de una botella antigua, el pasillo se va haciendo mas estrecho y casi al final del mismo las rusticas paredes rozan mis caderas como dos enormes manos. Me gusta sentir el restregar y la fricción en mi, me complace traer conmigo pedazos minúsculos de la cal que se desprende al contacto con mi cuerpo, y antes de que el sol termine de instalarse en la parte mas alta del cielo, tu casa, tu calli, se va tatuando en mi.
He llegado al final del pasillo, esta es la parte mas estrecha y mis piernas y mis hombros rozan de manera dolorosas al contacto con ellas, estoy parada frente a tu cocina, voy a dar un paso dentro, me voy a adentrar en ella, en ti.
Y me escapo de los tentáculos de cal, me libero de los millones de ventosas y logro poner un pie dentro.
Y son tus brazos los que impiden que caiga y es tu sonrisa la que me da los buenos días, y yo te veo aturdida, ¿y me pregunto de donde saliste? Y tú no eres de palabras ni de muchas explicaciones y me ofreces una taza de aromático y amargo y dulce café. Y dejas que mi mente formule todas las preguntas que no tienen respuesta y te sonríes y das un trago más y una gota de rabioso café logra escapar de tus labios y cae vertiginosamente hasta estrellarse en la blanca manta de tu pantalón.
Y en mi se esta gestando el hambre, la hambruna que arrasa con todo de manera voraz y tu lo sabes y sonríes y me das el roce de tus labios en la punta de mi nariz y me acercas un banco pequeño de madera y me invitas a tomar asiento. Y la leña arde desde temprano en la estufa, y un comal aguarda pacientemente, y el primer crujir del aceite reclama impacientemente en la sartén. Tú tomas un pequeño huevo de codorniz y lo partes por la mitad y lo dejas caer en la sartén y le sigue otro y otro. De la mesa, tomas una pequeña canasta cubierta con un manto y lo descubres una vez que esta frente a mí y el asombro y la fascinación las puedes leer en mi rostro. Cuando descubro diminutos panes dulces de una belleza artesanal, una rica variedad de cochas, bollitos, rebanadas y espejos, yo tomo uno y me lo llevo a la boca y este deja rastro en la comisura de mis labios, y tu haz dejado rastro de tu andar por mi que son ya imborrables. Y yo te digo todo esto en el lenguaje de los ojos y tú te sonríes y me das una cuchara azul de peltre para que coma con ella y para que te coma con ella.
Finalmente me ofreces un hermoso plato con una guarnición de arroz blanco y encima haz colocado cuatro huevos estrellados de codorniz con la orilla dorada y una cucharada de fríjol negro refrito y queso fresco.
Y tú eres la calli en la que yo quiero vivir, y este es el tercer día en el que yo abre de subir al cielo.
Beatrix
Hay una urgencia por tocarte, por irrumpir en la quietud de tus muslos y recorrer la tenue línea que se forma en tus ingles. Subir el firme camino que conduce a tu pecho, morder las dos avellanas de pequeñas puntas y pasearme por el filo de tus hombros y finalmente hundir mi nariz en la mullida ala de cuervo que es tu pelo.
Abandono la cama con la finalidad de ir en busca de un café, pienso que contemplarte así, dormido, mientras bebo un poco de café, debe ser aun más sublime. Así que encamino mis pasos por el pasillo angosto, el techo es elevado y en el centro encuentro un traga luz nacido del vientre de una botella antigua, el pasillo se va haciendo mas estrecho y casi al final del mismo las rusticas paredes rozan mis caderas como dos enormes manos. Me gusta sentir el restregar y la fricción en mi, me complace traer conmigo pedazos minúsculos de la cal que se desprende al contacto con mi cuerpo, y antes de que el sol termine de instalarse en la parte mas alta del cielo, tu casa, tu calli, se va tatuando en mi.
He llegado al final del pasillo, esta es la parte mas estrecha y mis piernas y mis hombros rozan de manera dolorosas al contacto con ellas, estoy parada frente a tu cocina, voy a dar un paso dentro, me voy a adentrar en ella, en ti.
Y me escapo de los tentáculos de cal, me libero de los millones de ventosas y logro poner un pie dentro.
Y son tus brazos los que impiden que caiga y es tu sonrisa la que me da los buenos días, y yo te veo aturdida, ¿y me pregunto de donde saliste? Y tú no eres de palabras ni de muchas explicaciones y me ofreces una taza de aromático y amargo y dulce café. Y dejas que mi mente formule todas las preguntas que no tienen respuesta y te sonríes y das un trago más y una gota de rabioso café logra escapar de tus labios y cae vertiginosamente hasta estrellarse en la blanca manta de tu pantalón.
Y en mi se esta gestando el hambre, la hambruna que arrasa con todo de manera voraz y tu lo sabes y sonríes y me das el roce de tus labios en la punta de mi nariz y me acercas un banco pequeño de madera y me invitas a tomar asiento. Y la leña arde desde temprano en la estufa, y un comal aguarda pacientemente, y el primer crujir del aceite reclama impacientemente en la sartén. Tú tomas un pequeño huevo de codorniz y lo partes por la mitad y lo dejas caer en la sartén y le sigue otro y otro. De la mesa, tomas una pequeña canasta cubierta con un manto y lo descubres una vez que esta frente a mí y el asombro y la fascinación las puedes leer en mi rostro. Cuando descubro diminutos panes dulces de una belleza artesanal, una rica variedad de cochas, bollitos, rebanadas y espejos, yo tomo uno y me lo llevo a la boca y este deja rastro en la comisura de mis labios, y tu haz dejado rastro de tu andar por mi que son ya imborrables. Y yo te digo todo esto en el lenguaje de los ojos y tú te sonríes y me das una cuchara azul de peltre para que coma con ella y para que te coma con ella.
Finalmente me ofreces un hermoso plato con una guarnición de arroz blanco y encima haz colocado cuatro huevos estrellados de codorniz con la orilla dorada y una cucharada de fríjol negro refrito y queso fresco.
Y tú eres la calli en la que yo quiero vivir, y este es el tercer día en el que yo abre de subir al cielo.
Beatrix
viernes, julio 15, 2005
Ehecatl
El día amaneció a regañadientes, un banco de nubes chantilly me saludan a su paso y una parvada de flamingos plasmo efímeramente unas pinceladas de encendido carmín en el cielo.
Bajo mi puerta alguien ha deslizado una nota, camino hacia ella, la tomo, y regreso de nuevo al balcón.
Este sobre huele a ti, puedo sentir el calor de tus manos y la fragancia a tierra mojada que tienen tus dedos.
Eres tu, ¿quién más? Doblo el pedazo de papel y lo guardo entre mis senos para intoxicarme de tu aroma y para que me guíe hacia ti.
Afuera, el camino largo de adoquín me habla y me quiere susurrar tu nombre, atrás quedaron las enormes macetas de gardenias y los antiquísimos árboles de mango, paso frente a tu cocina, me detengo en el marco de la puerta, olfateo tu ausencia y sigo delante.
Un vientecillo ligero acaricia mi rostro y refresca mi cuello, unos pasos mas y el mismo viento va tomando un poco mas de fuerza y, esta vez un escalofrió recorre mi cuerpo y despierta mis modorros pezones.
Y cada vez estas mas cerca, descubro tu figura resguardándose de la humedad y tu sonrisa es un romper de olas.
-Te esperaba-
Dijiste, y yo quería decirte que, antes de que el cielo y la tierra se separaran yo también te esperaba, y que… Tu mano sello mis labios, pues eso y más sabias, me tomaste de la mano y caminamos por largo rato bajo la sombra generosa de los árboles sin decir palabra.
Nos detuvimos frente a una construcción milenaria, el tiempo había reclamado su parte de la edificación, así que solo le sobrevivía una escalinata y las paredes circulares donde debió descansar en los tiempos remotos un domo. Un bello patio central se encontraba rodeado de un plantío de hermosos árboles de cacao cargados de bayas, yo apreté tu mano y tú me miraste de reojo, estiraste un brazo y de un tirón suave desprendiste uno de los frutos. Te ayudaste con una navaja como la que usan los exploradores para abrirle el corazón. La pulpa asomo dejando ver la fina tela que resguárdese las codiciadas semillas de depredadores como nosotros, tu dedo índice goteaba el agraz liquido y me apuntaba.
Un viento levanto una cortina de hojarasca y un agudo y lejano silbido se dejo escuchar, tu te arrodillaste en la dirección al sol y oraste por unos minutos en la lengua cantada de tus antepasados.
El viento que nacía de tu boca formo un remolino que recorrió el sembradío de cacao, levanto a su paso una nube de polvo y hojas secas así como dos o tres escarabajos distraídos.
Y llovió cacao de las finas coronas de los cacaoteros, cuando todo volvió a la calma, te levantaste del suelo y recolectaste las maduras bayas, yo, parada cerca de ti, te observaba. Tus manos tienen la virtud de acelerar todos los procesos, después de despulpar las semillas nos adentramos en la edificación, allí te vi iniciar y precipitar el proceso de fermentación, después subimos por una estrecha escalinata al techo y esparciste las almendras de cacao para que el sol hiciera su trabajo. El calor del sol del mediodía coloreo de rojo la punta de mi nariz y mi frente, una gota de sudor camino el nacimiento de mi oreja y lamió mi cuello, tu limpiaste el sudor de tu frente con un paño amarillo mientras recogías las semillas secas. Hiciste un movimiento con la mano izquierda y está tomo vuelo y levanto el pesado costal de yute cargado de almendras de cacao que recayó en tu hombro, tu mano derecha busco la mía y descendimos dejando atrás al noble sol de mediodía.
-Ehecatl, te acaba de conceder la más fina cosecha de criollo para que bebas Xocolatl-
Y todo quedo dicho en el segundo día, el Dios de dioses había regresado del destierro para alimentarme con su bebida predilecta, para calmar mis pesares con el tibio brebaje, para despertar mi sentidos con su espuma y para vivir en el templo de mi paladar.
Llegamos a tu cocina y en una esquina encontré un metate nacido en el vientre de algún volcán, arrodillado frente a el, colocaste el primer puño de semillas e iniciaste el proceso de molido.
Y a esto me refiero cuando digo y pienso que tus manos hacen magia, una brillante pasta de profundo color se iba formando, sin parar por un minuto y sin mirarme me repetías la receta ya memorizada:
-de diez bayas sacamos un kilo de semillas, de ese kilo salen 400 gramos de semilla seca, después la tostamos y nos quedan 380 gramos de almendras de cacao y después de seleccionarlas, molerás aproximadamente 330 gramos y eso te debe dar 330 gramos de pasta de cacao. Por ultimo le agregas a la pasta 140 gramos de azúcar y el resultado final serán seis barritas de xocolatl-.
El numero cabalístico resonaba en mi cabeza, y me hizo pensar en la frase tantas veces taladrada: tanto amo Dios al hombre que le entrego su fruto único.
En la hermosa mesa de trabajo reposaban las seis barras de xocolatl, encendiste la leña en la estufa y pusiste a hervir un poco de agua, de uno de los anaqueles sacaste vainilla y un puñado de almendras molidas. Cuando el agua iniciaba el burbujeo, le incorporaste una de las barras y haciendo uso de un molinillo batiste sin parar hasta hacer brotar la espuma multicolor que tanto me gusta. Después de un interminable día, por fin me llamas para que me acerque a ti, mi corazón se atropella y encuentra chico el espacio de mi pecho, con otro gesto de tu mano me pides que le ponga un poco de vainilla a la mezcla y sigues batiendo con fuerza, de la bolsa izquierda de tu guayabera sacas unos aromáticos jazmines que sacrificamos en el hervor alto que ha alcanzado el xocolatl.
Y mis sentidos aguardan esta fiesta milenaria, mi boca, mi lengua y mi garganta quieren beber, tus ojos se encienden mientras viertes la aromática bebida en unos tarros de barro verde de Michoacán.
Das tú el primer trago y el nacimiento de un toro joven de afilados pitones amenaza con embestirme, tus manos me toman por la cintura y me elevan y me sientan en la fría superficie de la mesa de talavera. Un segundo trago y un viento sorpresivo Ehecatl, en este segundo día entra por la puerta principal y azota las ventanas. Un tercer trago y yo cierro los ojos mientras el tibio y espeso líquido se derrama en mí y entre sueños creo ver sentado en el marco de la ventana al dios mono pico de ave, señor del viento, la serpiente emplumada: Quetzalcoaltl.
Beatrix
Bajo mi puerta alguien ha deslizado una nota, camino hacia ella, la tomo, y regreso de nuevo al balcón.
Este sobre huele a ti, puedo sentir el calor de tus manos y la fragancia a tierra mojada que tienen tus dedos.
Eres tu, ¿quién más? Doblo el pedazo de papel y lo guardo entre mis senos para intoxicarme de tu aroma y para que me guíe hacia ti.
Afuera, el camino largo de adoquín me habla y me quiere susurrar tu nombre, atrás quedaron las enormes macetas de gardenias y los antiquísimos árboles de mango, paso frente a tu cocina, me detengo en el marco de la puerta, olfateo tu ausencia y sigo delante.
Un vientecillo ligero acaricia mi rostro y refresca mi cuello, unos pasos mas y el mismo viento va tomando un poco mas de fuerza y, esta vez un escalofrió recorre mi cuerpo y despierta mis modorros pezones.
Y cada vez estas mas cerca, descubro tu figura resguardándose de la humedad y tu sonrisa es un romper de olas.
-Te esperaba-
Dijiste, y yo quería decirte que, antes de que el cielo y la tierra se separaran yo también te esperaba, y que… Tu mano sello mis labios, pues eso y más sabias, me tomaste de la mano y caminamos por largo rato bajo la sombra generosa de los árboles sin decir palabra.
Nos detuvimos frente a una construcción milenaria, el tiempo había reclamado su parte de la edificación, así que solo le sobrevivía una escalinata y las paredes circulares donde debió descansar en los tiempos remotos un domo. Un bello patio central se encontraba rodeado de un plantío de hermosos árboles de cacao cargados de bayas, yo apreté tu mano y tú me miraste de reojo, estiraste un brazo y de un tirón suave desprendiste uno de los frutos. Te ayudaste con una navaja como la que usan los exploradores para abrirle el corazón. La pulpa asomo dejando ver la fina tela que resguárdese las codiciadas semillas de depredadores como nosotros, tu dedo índice goteaba el agraz liquido y me apuntaba.
Un viento levanto una cortina de hojarasca y un agudo y lejano silbido se dejo escuchar, tu te arrodillaste en la dirección al sol y oraste por unos minutos en la lengua cantada de tus antepasados.
El viento que nacía de tu boca formo un remolino que recorrió el sembradío de cacao, levanto a su paso una nube de polvo y hojas secas así como dos o tres escarabajos distraídos.
Y llovió cacao de las finas coronas de los cacaoteros, cuando todo volvió a la calma, te levantaste del suelo y recolectaste las maduras bayas, yo, parada cerca de ti, te observaba. Tus manos tienen la virtud de acelerar todos los procesos, después de despulpar las semillas nos adentramos en la edificación, allí te vi iniciar y precipitar el proceso de fermentación, después subimos por una estrecha escalinata al techo y esparciste las almendras de cacao para que el sol hiciera su trabajo. El calor del sol del mediodía coloreo de rojo la punta de mi nariz y mi frente, una gota de sudor camino el nacimiento de mi oreja y lamió mi cuello, tu limpiaste el sudor de tu frente con un paño amarillo mientras recogías las semillas secas. Hiciste un movimiento con la mano izquierda y está tomo vuelo y levanto el pesado costal de yute cargado de almendras de cacao que recayó en tu hombro, tu mano derecha busco la mía y descendimos dejando atrás al noble sol de mediodía.
-Ehecatl, te acaba de conceder la más fina cosecha de criollo para que bebas Xocolatl-
Y todo quedo dicho en el segundo día, el Dios de dioses había regresado del destierro para alimentarme con su bebida predilecta, para calmar mis pesares con el tibio brebaje, para despertar mi sentidos con su espuma y para vivir en el templo de mi paladar.
Llegamos a tu cocina y en una esquina encontré un metate nacido en el vientre de algún volcán, arrodillado frente a el, colocaste el primer puño de semillas e iniciaste el proceso de molido.
Y a esto me refiero cuando digo y pienso que tus manos hacen magia, una brillante pasta de profundo color se iba formando, sin parar por un minuto y sin mirarme me repetías la receta ya memorizada:
-de diez bayas sacamos un kilo de semillas, de ese kilo salen 400 gramos de semilla seca, después la tostamos y nos quedan 380 gramos de almendras de cacao y después de seleccionarlas, molerás aproximadamente 330 gramos y eso te debe dar 330 gramos de pasta de cacao. Por ultimo le agregas a la pasta 140 gramos de azúcar y el resultado final serán seis barritas de xocolatl-.
El numero cabalístico resonaba en mi cabeza, y me hizo pensar en la frase tantas veces taladrada: tanto amo Dios al hombre que le entrego su fruto único.
En la hermosa mesa de trabajo reposaban las seis barras de xocolatl, encendiste la leña en la estufa y pusiste a hervir un poco de agua, de uno de los anaqueles sacaste vainilla y un puñado de almendras molidas. Cuando el agua iniciaba el burbujeo, le incorporaste una de las barras y haciendo uso de un molinillo batiste sin parar hasta hacer brotar la espuma multicolor que tanto me gusta. Después de un interminable día, por fin me llamas para que me acerque a ti, mi corazón se atropella y encuentra chico el espacio de mi pecho, con otro gesto de tu mano me pides que le ponga un poco de vainilla a la mezcla y sigues batiendo con fuerza, de la bolsa izquierda de tu guayabera sacas unos aromáticos jazmines que sacrificamos en el hervor alto que ha alcanzado el xocolatl.
Y mis sentidos aguardan esta fiesta milenaria, mi boca, mi lengua y mi garganta quieren beber, tus ojos se encienden mientras viertes la aromática bebida en unos tarros de barro verde de Michoacán.
Das tú el primer trago y el nacimiento de un toro joven de afilados pitones amenaza con embestirme, tus manos me toman por la cintura y me elevan y me sientan en la fría superficie de la mesa de talavera. Un segundo trago y un viento sorpresivo Ehecatl, en este segundo día entra por la puerta principal y azota las ventanas. Un tercer trago y yo cierro los ojos mientras el tibio y espeso líquido se derrama en mí y entre sueños creo ver sentado en el marco de la ventana al dios mono pico de ave, señor del viento, la serpiente emplumada: Quetzalcoaltl.
Beatrix
viernes, julio 01, 2005
Cipactli
¿Que sabias de mi, como adivinaste? Señor de manos pequeñas. Que volvía a la tierra, a mi tierra para alimentarme de nuevo de su ombligo materno.
Tú lo intuías, por eso guiaste mis pasos descalzos en el húmedo musgo, me previniste de las piedras y la fina alfombra de mangos niños que tapizaban los jardines y perfumaban el nacimiento de Cipactli.
-Cipactli, es el primer día- me susurrabas al oído mientras desatabas el nudo del paño de algodón con el que cubriste mis ojos.
Al final de la casona, junto al lago, habías improvisado una mesa pequeña con dos sillas y un mantel blanco, al centro, una veladora iluminaba tu rostro milenario.
A unos metros de la mesa construiste un asador rustico de madera y el calor del fuego se hacia sentir cuando el viento cambiaba de rumbo, junto al asador una pequeña mesa de preparación donde tenias dispuestos varios platones de barro negro.
Suavemente me guiaste a una de las sillas y me pediste que me sentara, el río arrojaba bocanadas de un vaho espeso que cubrían mi rostro de minúsculas gotitas, tus ágiles manos me brindaron un tarro pequeño de mezcal y en un tono de picardía que recién reconocía en ti, te llevaste la mano al bolso izquierdo del pantalón, y sacaste una pequeña cajita de laca, dentro, había un dorado y robusto gusano. Con un gesto de tu mano me pediste que le diera un trago al mezcal, te pusiste frente a mí en cuclillas, y te llevaste el gusano a la boca, medio cuerpo le colgaba de tu labio inferior y brillaba en un dorado fosforescente bajo la luz de la luna.
Yo me acerque a tu boca en busca de la fragancia cítrica que tiene tu lengua, ronde con mis labios tus mejillas y detuve mi mirada en el abismo que hay en tus ojos, tu no sabes lo que es bajar la mirada, un escalofrió recorrió mi espalda y me acerco mas a tu boca, de un solo movimiento te arrebate el primer bocado de la noche.
El lago se iluminaba a ratos por centenares de luciérnagas, y tu, parado frente a el, pensativo, me regalabas la visión de tu espalda, un tronco de cedro de fragante olor. No había motivo para romper el silencio, así que te observe mientras tú aguardabas, yo recorría la línea de tus hombros, el nacimiento de tus firmes nalgas y los dos leños cortos que son tus piernas, mis ojos goteaban tus formas y vinieron a derramarse en tus tobillos.
Y como un sobresalto, el Lago tomo vida, y las aguas se alebrestaron y tus brazos forcejeaban contra el, el Lago arrojaba una lluvia de millones de gotas de diversos tamaños con la finalidad de contenerte, la luna era una gran lámpara incandescente y la firmeza de tus hermosos pies no titubeo ni un milímetro.
Cuando el Lago reconoció que perdía la batalla termino por entregarte a la presa, un caimán adolescente que daba claras muestras de cansancio y derrota.
La lámina de acero empaño su brillantez y se cubrió de un encendido carmín. Tus hábiles manos limpiaron cuidadosamente su carne, una sabana de joven y blanco pecho que condimentaste con sal gruesa de Colima y pimienta blanca. De las vasijas que tenías preparadas sobresalía una espesa y negra salsa.
Una noche antes te comente mi debilidad por el maíz criollo, una mueca asomo del lado izquierdo de tus labios y entre dientes masticaste el nombre que te enseñaron tus antepasados
–Teocintle-
Olorosos totopos de maíz morado salpicados de gruesa sal fueron colocados de manera despreocupada al centro de la mesa, te asomaste el fondo de mi tarro de mezcal y con molestia advertiste que aun no lo había terminado.
En un platón de barro colocaste las lajas de carne y las bañaste de la espesa salsa, a modo de toque artístico esparciste unas semillas de ajonjolí, en unos platos hondos serviste el arroz blanco con confituras de zanahoria y chíncharo, por ultimo, una bandeja de plátano macho frito y sazonado.
Comí y bebí de tus manos, de tus robustas, sigilosas y pequeñas manos, fueron tus dedos tenedor, cuchillo y cuchara, fue tu lengua el paño oportuno que limpio la comisura de mis labios.
Fue tu puño cerrado el último tarro del que bebí mezcal. Y tú tienes y me das lo que vine a buscar, en ti se encierran todas las cronologías y los elementos, y yo no hago otra cosa que no sea alimentarme de ti.
Las horas nos mostraban su prisa, los primeros rayos de un sol despeinado se asomaban tímidamente entre las nubes, un ejercito de hormigas rojas sitio nuestro reino, tu mano aletargada recorrió por ultima vez el nacimiento de mis tobillos, había impaciencia en el primer contingente de hormigas, tu mano se detuvo en mi rodilla, colocaste un puñado de sal y le diste el ultimo trago al mezcal, finalmente, lamiste los granos salados y con la mano derecha rompiste filas entre ellas y un puñado de presurosas, alarmadas y rojísimas hormigas tuvieron como destino final tu boca.
Tu sonrisa termino de amanecer y me dijiste en un susurro quedo y arrastrado que este era solo el inicio, y tu sonrisa desapareció junto con la tropa mortalmente confrontada y yo me llene del sabor cítrico que tatuó tu lengua en mi cuerpo hasta las últimas horas de este Cipactli.
Beatrix
Tú lo intuías, por eso guiaste mis pasos descalzos en el húmedo musgo, me previniste de las piedras y la fina alfombra de mangos niños que tapizaban los jardines y perfumaban el nacimiento de Cipactli.
-Cipactli, es el primer día- me susurrabas al oído mientras desatabas el nudo del paño de algodón con el que cubriste mis ojos.
Al final de la casona, junto al lago, habías improvisado una mesa pequeña con dos sillas y un mantel blanco, al centro, una veladora iluminaba tu rostro milenario.
A unos metros de la mesa construiste un asador rustico de madera y el calor del fuego se hacia sentir cuando el viento cambiaba de rumbo, junto al asador una pequeña mesa de preparación donde tenias dispuestos varios platones de barro negro.
Suavemente me guiaste a una de las sillas y me pediste que me sentara, el río arrojaba bocanadas de un vaho espeso que cubrían mi rostro de minúsculas gotitas, tus ágiles manos me brindaron un tarro pequeño de mezcal y en un tono de picardía que recién reconocía en ti, te llevaste la mano al bolso izquierdo del pantalón, y sacaste una pequeña cajita de laca, dentro, había un dorado y robusto gusano. Con un gesto de tu mano me pediste que le diera un trago al mezcal, te pusiste frente a mí en cuclillas, y te llevaste el gusano a la boca, medio cuerpo le colgaba de tu labio inferior y brillaba en un dorado fosforescente bajo la luz de la luna.
Yo me acerque a tu boca en busca de la fragancia cítrica que tiene tu lengua, ronde con mis labios tus mejillas y detuve mi mirada en el abismo que hay en tus ojos, tu no sabes lo que es bajar la mirada, un escalofrió recorrió mi espalda y me acerco mas a tu boca, de un solo movimiento te arrebate el primer bocado de la noche.
El lago se iluminaba a ratos por centenares de luciérnagas, y tu, parado frente a el, pensativo, me regalabas la visión de tu espalda, un tronco de cedro de fragante olor. No había motivo para romper el silencio, así que te observe mientras tú aguardabas, yo recorría la línea de tus hombros, el nacimiento de tus firmes nalgas y los dos leños cortos que son tus piernas, mis ojos goteaban tus formas y vinieron a derramarse en tus tobillos.
Y como un sobresalto, el Lago tomo vida, y las aguas se alebrestaron y tus brazos forcejeaban contra el, el Lago arrojaba una lluvia de millones de gotas de diversos tamaños con la finalidad de contenerte, la luna era una gran lámpara incandescente y la firmeza de tus hermosos pies no titubeo ni un milímetro.
Cuando el Lago reconoció que perdía la batalla termino por entregarte a la presa, un caimán adolescente que daba claras muestras de cansancio y derrota.
La lámina de acero empaño su brillantez y se cubrió de un encendido carmín. Tus hábiles manos limpiaron cuidadosamente su carne, una sabana de joven y blanco pecho que condimentaste con sal gruesa de Colima y pimienta blanca. De las vasijas que tenías preparadas sobresalía una espesa y negra salsa.
Una noche antes te comente mi debilidad por el maíz criollo, una mueca asomo del lado izquierdo de tus labios y entre dientes masticaste el nombre que te enseñaron tus antepasados
–Teocintle-
Olorosos totopos de maíz morado salpicados de gruesa sal fueron colocados de manera despreocupada al centro de la mesa, te asomaste el fondo de mi tarro de mezcal y con molestia advertiste que aun no lo había terminado.
En un platón de barro colocaste las lajas de carne y las bañaste de la espesa salsa, a modo de toque artístico esparciste unas semillas de ajonjolí, en unos platos hondos serviste el arroz blanco con confituras de zanahoria y chíncharo, por ultimo, una bandeja de plátano macho frito y sazonado.
Comí y bebí de tus manos, de tus robustas, sigilosas y pequeñas manos, fueron tus dedos tenedor, cuchillo y cuchara, fue tu lengua el paño oportuno que limpio la comisura de mis labios.
Fue tu puño cerrado el último tarro del que bebí mezcal. Y tú tienes y me das lo que vine a buscar, en ti se encierran todas las cronologías y los elementos, y yo no hago otra cosa que no sea alimentarme de ti.
Las horas nos mostraban su prisa, los primeros rayos de un sol despeinado se asomaban tímidamente entre las nubes, un ejercito de hormigas rojas sitio nuestro reino, tu mano aletargada recorrió por ultima vez el nacimiento de mis tobillos, había impaciencia en el primer contingente de hormigas, tu mano se detuvo en mi rodilla, colocaste un puñado de sal y le diste el ultimo trago al mezcal, finalmente, lamiste los granos salados y con la mano derecha rompiste filas entre ellas y un puñado de presurosas, alarmadas y rojísimas hormigas tuvieron como destino final tu boca.
Tu sonrisa termino de amanecer y me dijiste en un susurro quedo y arrastrado que este era solo el inicio, y tu sonrisa desapareció junto con la tropa mortalmente confrontada y yo me llene del sabor cítrico que tatuó tu lengua en mi cuerpo hasta las últimas horas de este Cipactli.
Beatrix
viernes, junio 24, 2005
Esto de tu ausencia duele y no sabes cuanto
Te dije que volvería al inicio del verano.
Y he vuelto con los ojos colmados de imágenes por regalarte, además de un cargamento de fragancias y sabores con que alimentar tu imaginación.
Antes de irme, debí confesarte que esto de tu ausencia duele y no sabes cuanto. Fue por eso que, corrí las cortinas de gasa blanca de la cocina, cerré los anaqueles, vacié frascos, tarros y cajones, limpie la nevera y deje oreando los costales de yute.
Por ultimo apague el piloto del horno y agarre el camino mas largo que recorre la península.
Intencionalmente me fui con hambre, y al llegar a la vieja casona que me hospedaría seguí el claro camino que me señalaban las gardenias. Aun costado del antiguo acueducto, bajo la sombra de un mango ancestral, se resguárdese de las altas temperaturas y de la humedad, la blanca cocina.
Anchas y gruesas paredes cubiertas de cal, y dentro, en el corazón tibio del fogón, se encontraba el como único amo y señor.
Tras el marco de la puerta me resguarde y con morbosa curiosidad lo observe, sus pasos iban y venían con sigilosos meneos, manos pequeñas, callosas y dedos rollizos de un canela intenso.
Junto a el una gran canasta de verdes y punzantes pencas de nopal tierno. Con movimientos acelerados limpiaba una a una y las arrojaba a la mesa de preparación.
Yo lo mira absorta, perdida y húmeda.
En la hornilla la ebullición del agua aguardaba pacientemente por los frescos trozos de nopal, los corto en pequeños cuadros uniformes y los vació en la enorme olla de barro de pronunciado vientre, de entre sus dedos pude distinguir una cristalina sabia que escapaba, al final limpio cuidadosamente uno a uno de sus dedos en la impecable toalla de percal y se dio a la tarea de cortar maduros jitomates, cebollas, chiles y por ultimo pico un manojo de oloroso cilantro.
Mientras la fiesta tricolor aguardaba en la mesa de preparación para ser mezclada con el nopal, coloco en una de las hornillas un pesado comal, del bolso izquierdo de su pantalón saco, lo que me pareció una antigua moneda de cobre de veinte y la calentó en el fuego.
La noche me hablo al oído y un camino de sudor recorría mi espalda, el hervor estaba a punto de subir a la boca de la olla de barro y reventar en enormes burbujas de rabiosa temperatura. Sin siquiera mirarme me pregunto si querría pasar. Yo di un paso dentro, el único que era necesario para esta junto a el y su sudor de fin de día, la moneda al fuego simulaba un minúsculo sol niño de brillante luz, me dio unas pinzas y me pido tomar la moneda y arrojarla a la olla de barro. Y así lo hice.
Justo en el momento alto del hervor arroje la candente moneda y una poderosa ebullición arrojo borbotones de una pegajosa sabia que después de unos segundos termino por ceder, retiro la olla del fuego y la vació en el lavabo, yo seguí sus movimientos cautivada, una nube de vapor se levanto entre nosotros y por fin pude contemplarle el rostro.
El tomo de manera sorpresiva mis dos manos y las hundió en el tibio y pegajoso cocido, revolvió mis dedos en la viscosidad que escapo de las pencas del nopal, yo podía sentir la fuerza de sus dedos entrelazarse con los míos, sentía la humedad aun tibia pegándose en mis manos y mis dedos, el segundo botón de su chaqueta restregaba la punta de mi aureola izquierda, su aliento arrojaba resoplos de fragante cilantro y limón.
Y tu ausencia duele. Dolio en la plancha ancestral de talavera donde me recostó. Tu ausencia golpeo en la humedad que escapo de mi cuerpo y que se vino a mezclar con la sabia tibia del nopal. Tu ausencia mordió en la parte más frágil de mis tobillos cuando el los vistió de sal. Tu ausencia erosiono mi espalda que el anduvo con manos firmes y callosas.
Si, tu ausencia avivo mi hambre que el sacio con un hermoso plato de antigua porcelana, rematado en la orilla por aceite de cilantro y esencia de limón, enmarcando al centro un hermoso timbal de nopalitos tiernos y dos tostadas banderillas de dorado maíz.
Te cuento que tu ausencia dolió, y no sabes cuanto.
Beatrix
Y he vuelto con los ojos colmados de imágenes por regalarte, además de un cargamento de fragancias y sabores con que alimentar tu imaginación.
Antes de irme, debí confesarte que esto de tu ausencia duele y no sabes cuanto. Fue por eso que, corrí las cortinas de gasa blanca de la cocina, cerré los anaqueles, vacié frascos, tarros y cajones, limpie la nevera y deje oreando los costales de yute.
Por ultimo apague el piloto del horno y agarre el camino mas largo que recorre la península.
Intencionalmente me fui con hambre, y al llegar a la vieja casona que me hospedaría seguí el claro camino que me señalaban las gardenias. Aun costado del antiguo acueducto, bajo la sombra de un mango ancestral, se resguárdese de las altas temperaturas y de la humedad, la blanca cocina.
Anchas y gruesas paredes cubiertas de cal, y dentro, en el corazón tibio del fogón, se encontraba el como único amo y señor.
Tras el marco de la puerta me resguarde y con morbosa curiosidad lo observe, sus pasos iban y venían con sigilosos meneos, manos pequeñas, callosas y dedos rollizos de un canela intenso.
Junto a el una gran canasta de verdes y punzantes pencas de nopal tierno. Con movimientos acelerados limpiaba una a una y las arrojaba a la mesa de preparación.
Yo lo mira absorta, perdida y húmeda.
En la hornilla la ebullición del agua aguardaba pacientemente por los frescos trozos de nopal, los corto en pequeños cuadros uniformes y los vació en la enorme olla de barro de pronunciado vientre, de entre sus dedos pude distinguir una cristalina sabia que escapaba, al final limpio cuidadosamente uno a uno de sus dedos en la impecable toalla de percal y se dio a la tarea de cortar maduros jitomates, cebollas, chiles y por ultimo pico un manojo de oloroso cilantro.
Mientras la fiesta tricolor aguardaba en la mesa de preparación para ser mezclada con el nopal, coloco en una de las hornillas un pesado comal, del bolso izquierdo de su pantalón saco, lo que me pareció una antigua moneda de cobre de veinte y la calentó en el fuego.
La noche me hablo al oído y un camino de sudor recorría mi espalda, el hervor estaba a punto de subir a la boca de la olla de barro y reventar en enormes burbujas de rabiosa temperatura. Sin siquiera mirarme me pregunto si querría pasar. Yo di un paso dentro, el único que era necesario para esta junto a el y su sudor de fin de día, la moneda al fuego simulaba un minúsculo sol niño de brillante luz, me dio unas pinzas y me pido tomar la moneda y arrojarla a la olla de barro. Y así lo hice.
Justo en el momento alto del hervor arroje la candente moneda y una poderosa ebullición arrojo borbotones de una pegajosa sabia que después de unos segundos termino por ceder, retiro la olla del fuego y la vació en el lavabo, yo seguí sus movimientos cautivada, una nube de vapor se levanto entre nosotros y por fin pude contemplarle el rostro.
El tomo de manera sorpresiva mis dos manos y las hundió en el tibio y pegajoso cocido, revolvió mis dedos en la viscosidad que escapo de las pencas del nopal, yo podía sentir la fuerza de sus dedos entrelazarse con los míos, sentía la humedad aun tibia pegándose en mis manos y mis dedos, el segundo botón de su chaqueta restregaba la punta de mi aureola izquierda, su aliento arrojaba resoplos de fragante cilantro y limón.
Y tu ausencia duele. Dolio en la plancha ancestral de talavera donde me recostó. Tu ausencia golpeo en la humedad que escapo de mi cuerpo y que se vino a mezclar con la sabia tibia del nopal. Tu ausencia mordió en la parte más frágil de mis tobillos cuando el los vistió de sal. Tu ausencia erosiono mi espalda que el anduvo con manos firmes y callosas.
Si, tu ausencia avivo mi hambre que el sacio con un hermoso plato de antigua porcelana, rematado en la orilla por aceite de cilantro y esencia de limón, enmarcando al centro un hermoso timbal de nopalitos tiernos y dos tostadas banderillas de dorado maíz.
Te cuento que tu ausencia dolió, y no sabes cuanto.
Beatrix
viernes, mayo 27, 2005
Anoche soñé contigo
Anoche soñé contigo.
Venias envuelto en una enorme maraña de caramelo como las que me enseñaste a hacer cuando el azúcar alcanza la temperatura y el tono ámbar que tanto te gusta. Una procesión de ollas y sartenes de cobre me anunciaron tu llegada y fue una cítrica brisa la que termino de despertarme.
Señor de los Cacaos el de rosadas y hermosas manos, el guardián de todas las mieles y el hortelano de las flores comestibles.
Por la mañana enormes columnas de fragante pan testificaban tu noctámbula aparición, y en mi cama la imborrable huella que dejan las cerezas.
Beatrix
Venias envuelto en una enorme maraña de caramelo como las que me enseñaste a hacer cuando el azúcar alcanza la temperatura y el tono ámbar que tanto te gusta. Una procesión de ollas y sartenes de cobre me anunciaron tu llegada y fue una cítrica brisa la que termino de despertarme.
Señor de los Cacaos el de rosadas y hermosas manos, el guardián de todas las mieles y el hortelano de las flores comestibles.
Por la mañana enormes columnas de fragante pan testificaban tu noctámbula aparición, y en mi cama la imborrable huella que dejan las cerezas.
Beatrix
viernes, mayo 20, 2005
De la A a la Z
Debe tener un nombre esto de no tenerte. Un nombre me imagino, debe dársele a este no estar. A permanecer en la espera, esto de aguardar a que llegues con los últimos nubarrones de la primavera.
En el grueso volumen del diccionario de la A a la Z se ha de encontrar la palabra con la que habré de nombrar la falta de ti.
Y tú sabias que llegarían estos días trazados con las cenizas y el desaliento, me lo dicen ahora las evocaciones, algo en ti me anunciaba el arribo de los tiempos turbios. Y fue el cobalto un torbellino de destrucción a su paso.
Vamos a darle un tono irónico a esto del dolor, vayámonos riendo de los ojos infestados de lágrimas, otorguémosle un espacio eterno en la alacena a la melancolía.
Algo habré de hacer para aminorar tu ausencia mientras arrastro y me tropiezo con el lazo satinado de mi zapatilla roja. Por que la intuición es una voz susurrándome al oído, y no el amargo nudo que se forma en la boca de mi estómago.
Yo tenía una cocina donde tú y yo parimos el más fragante de los panes, fue en nuestra cocina donde la esencia de la canela y la ralladura de la naranja se mezclaron para dar sabor a los besos que me habrían de despertar por las mañanas. Fue bajo el techo que era y ya no es, donde una lava rabiosa de azúcar busco como destino final mi tibia carne, y fueron tus manos, tu dedo, un filo de navaja goteando púrpura de sueños.
Y ahora, camino entre los despojos que tu paso dejo y hago el recuento.
Y eres tú ese manchón encarnado que dejan las cerezas en los paños almidonados después de las fiestas de guardar.
El blanco moho en el más fino cacao y la rancia cristalización en la fruta seca.
Una colonia de gorgojos infestando las blancas moliendas hasta hartarse, la silenciosa humedad en el tarro de sal.
Toda la luz contenida en el fuego y los millones de años que tomará la formación de una plancha de piedra caliza.
Eres un mil platos, vasijas, tazas y tarrones que llenar de recuerdos. Cajones, gavetas, puertas y escondrijos donde resguardarte de las miradas maliciosas de los que no creyeron que vives. Rincones, recovecos, esquinas y retablos por donde encaminar tus pasos.
Y yo seré todos los días del almanaque aguardando la vibración que tu pisada provoca, seré un trozo de madera anhelante en el vientre de un horno de piedra, el azúcar que alimenta la ávida fermentación, la húmeda lengua que recorre El Todo que crece en ti.
Y seré la que no encontró palabra alguna para nombrarte, el doliente palpitar hasta la llegada del próximo equinoccio.
Beatrix
En el grueso volumen del diccionario de la A a la Z se ha de encontrar la palabra con la que habré de nombrar la falta de ti.
Y tú sabias que llegarían estos días trazados con las cenizas y el desaliento, me lo dicen ahora las evocaciones, algo en ti me anunciaba el arribo de los tiempos turbios. Y fue el cobalto un torbellino de destrucción a su paso.
Vamos a darle un tono irónico a esto del dolor, vayámonos riendo de los ojos infestados de lágrimas, otorguémosle un espacio eterno en la alacena a la melancolía.
Algo habré de hacer para aminorar tu ausencia mientras arrastro y me tropiezo con el lazo satinado de mi zapatilla roja. Por que la intuición es una voz susurrándome al oído, y no el amargo nudo que se forma en la boca de mi estómago.
Yo tenía una cocina donde tú y yo parimos el más fragante de los panes, fue en nuestra cocina donde la esencia de la canela y la ralladura de la naranja se mezclaron para dar sabor a los besos que me habrían de despertar por las mañanas. Fue bajo el techo que era y ya no es, donde una lava rabiosa de azúcar busco como destino final mi tibia carne, y fueron tus manos, tu dedo, un filo de navaja goteando púrpura de sueños.
Y ahora, camino entre los despojos que tu paso dejo y hago el recuento.
Y eres tú ese manchón encarnado que dejan las cerezas en los paños almidonados después de las fiestas de guardar.
El blanco moho en el más fino cacao y la rancia cristalización en la fruta seca.
Una colonia de gorgojos infestando las blancas moliendas hasta hartarse, la silenciosa humedad en el tarro de sal.
Toda la luz contenida en el fuego y los millones de años que tomará la formación de una plancha de piedra caliza.
Eres un mil platos, vasijas, tazas y tarrones que llenar de recuerdos. Cajones, gavetas, puertas y escondrijos donde resguardarte de las miradas maliciosas de los que no creyeron que vives. Rincones, recovecos, esquinas y retablos por donde encaminar tus pasos.
Y yo seré todos los días del almanaque aguardando la vibración que tu pisada provoca, seré un trozo de madera anhelante en el vientre de un horno de piedra, el azúcar que alimenta la ávida fermentación, la húmeda lengua que recorre El Todo que crece en ti.
Y seré la que no encontró palabra alguna para nombrarte, el doliente palpitar hasta la llegada del próximo equinoccio.
Beatrix
viernes, mayo 13, 2005
Danzón numero 2
Si lo tuyo y lo mío no fuera la cocina, te invitaría a bailar un danzón.
Verte vestido con guayabera blanca en vez de la tradicional chaqueta de botones ribeteados y manga estilo mandarín.
Yo te sorprendería con un par de zapatillas rojas de tacón corrido y lazos en los tobillos de satín.
Si no fuera por este gusto arraigado que compartimos por las mezclas, los betunes y el chocolate, te retaría a dar unos pasos al centro, al frente, al la izquierda y a la derecha sin salirnos del mismo cuadro.
Tú dejarías a un lado el batidor y tus manos me tomarían de la cintura y mis manos encontrarían su descanso sobre tus hombros. Y acompasados, al ritmo de los acordes yo me embriagaría de tu olor y tu sudor, a cambio, te regalaría la fricción de mi cuerpo en cada movimiento y un par de risas nerviositas.
Tengo ya tiempo que siento el roce accidental de tus manos en las mías, cuando incorporamos las mezclas a la hora de hornear, o cuando tus dedos me dan a probar un poco de betún o chocolate, hace ya algunos meses que tus pies le marcan el ritmo a mis pasos que sin perderte de vista te siguen por los rincones de esta cocina.
Ven acércame tu mirada, clavalá a la altura de mis ojos y sin decir palabra hazme girar frente a los hornos de arcilla y las hornillas de carbón, tómame con firmeza de las caderas y hazme sentir las notas altas de la melodía en cada paso que me vayas indicando.
Y siento tus manos posadas sobre mis hombros, mi respiración se agita y transpiro, ¿lo notas? Y tu aliento en una lengüeteada de fuego en la parte mas noble del lóbulo de mi oreja y tu voz llega de lejos, arrastrando los acordes de un danzón que bien podría ser el numero dos.
-Estás distraída, tienes que concentrarte en el punto exacto del azúcar-
Te veo alejarte de mi, tu espalda, tu nobles hombros y tus piernas me tientan a dar unos pasitos mas, arrastrar tan siquiera un poco la punta de mis zapatillas, a girar tan solo un poco las caderas y a desearte un mucho en esta tarde tropical.
Y conforme te me pierdes en una nube de azúcar yo contoneo mi cuerpo siguiendo las figuras caprichosas de humo del tabaco y los acordes que llegan del interior de una botella de ron.
Beatrix
Verte vestido con guayabera blanca en vez de la tradicional chaqueta de botones ribeteados y manga estilo mandarín.
Yo te sorprendería con un par de zapatillas rojas de tacón corrido y lazos en los tobillos de satín.
Si no fuera por este gusto arraigado que compartimos por las mezclas, los betunes y el chocolate, te retaría a dar unos pasos al centro, al frente, al la izquierda y a la derecha sin salirnos del mismo cuadro.
Tú dejarías a un lado el batidor y tus manos me tomarían de la cintura y mis manos encontrarían su descanso sobre tus hombros. Y acompasados, al ritmo de los acordes yo me embriagaría de tu olor y tu sudor, a cambio, te regalaría la fricción de mi cuerpo en cada movimiento y un par de risas nerviositas.
Tengo ya tiempo que siento el roce accidental de tus manos en las mías, cuando incorporamos las mezclas a la hora de hornear, o cuando tus dedos me dan a probar un poco de betún o chocolate, hace ya algunos meses que tus pies le marcan el ritmo a mis pasos que sin perderte de vista te siguen por los rincones de esta cocina.
Ven acércame tu mirada, clavalá a la altura de mis ojos y sin decir palabra hazme girar frente a los hornos de arcilla y las hornillas de carbón, tómame con firmeza de las caderas y hazme sentir las notas altas de la melodía en cada paso que me vayas indicando.
Y siento tus manos posadas sobre mis hombros, mi respiración se agita y transpiro, ¿lo notas? Y tu aliento en una lengüeteada de fuego en la parte mas noble del lóbulo de mi oreja y tu voz llega de lejos, arrastrando los acordes de un danzón que bien podría ser el numero dos.
-Estás distraída, tienes que concentrarte en el punto exacto del azúcar-
Te veo alejarte de mi, tu espalda, tu nobles hombros y tus piernas me tientan a dar unos pasitos mas, arrastrar tan siquiera un poco la punta de mis zapatillas, a girar tan solo un poco las caderas y a desearte un mucho en esta tarde tropical.
Y conforme te me pierdes en una nube de azúcar yo contoneo mi cuerpo siguiendo las figuras caprichosas de humo del tabaco y los acordes que llegan del interior de una botella de ron.
Beatrix
viernes, mayo 06, 2005
Lo sé, yo me pertenecía
Lo sé, yo me pertenecía.
Cuando desconocía las formulas y las medidas exactas. Digo me pertenecía como quien habla de un pasado. Y ahora, yo camino a tu lado y a tu lado se transita por el territorio del ya no más.
Y he venido esta mañana con el cabello aun húmedo a decirte lo que he visto a través de tus ojos, a darte los buenos días transpirando tu fragancia.
Y tus ojos son un par de dagas y yo te quiero decir que hay cosas que nacen y se vuelven mariposas en la boca del estomago, y que de no ser por el ombligo estaría llena de ellas.
Y solo entonces, cuando dejan de existir las palabras tú me hablas en la única lengua que comprendo, y son tus brazos las frases mas claras.
He venido a intoxicarme de tu mirada, de tus hermosas manos, de la amplia frente, y si, también de cobalto.
Vengo siguiendo el camino señalado con pepitas de obsidiana que me vienes trazando, vengo con paso firme tras la estela de vainilla y clavo, alimentándome de avellanas y fruta seca.
Vengo en busca de tu dulce y enmielada crema, vengo rastreando tu piel miel de jazmín, el amargo cacao, y la caña de azúcar de la que habré de tomar.
Y la mañana en ti se aletarga, y no importa que afuera los abejorros zumben estrellados en el cristal, tu tomas entre tus manos lo que queda de mi, y soy el cuarto menguante en el nacimiento de tus uñas, el pliegue de piel que protege tus rodillas, el párpado que le da descanso a tus ojos, la almohadilla que se forma en tus labios, toda tu lengua, y los nervios mas finos que recorren tu cuerpo.
Y llega el fino polvo de oro del mediodía y hemos embriagado la casa del dulce aroma que escapa del horno y tu mano le da vida a un minúsculo torbellino en la taza del café y yo me asomo por las rendijas de tus ojos y me descubro placida junto a ti.
Beatrix
Cuando desconocía las formulas y las medidas exactas. Digo me pertenecía como quien habla de un pasado. Y ahora, yo camino a tu lado y a tu lado se transita por el territorio del ya no más.
Y he venido esta mañana con el cabello aun húmedo a decirte lo que he visto a través de tus ojos, a darte los buenos días transpirando tu fragancia.
Y tus ojos son un par de dagas y yo te quiero decir que hay cosas que nacen y se vuelven mariposas en la boca del estomago, y que de no ser por el ombligo estaría llena de ellas.
Y solo entonces, cuando dejan de existir las palabras tú me hablas en la única lengua que comprendo, y son tus brazos las frases mas claras.
He venido a intoxicarme de tu mirada, de tus hermosas manos, de la amplia frente, y si, también de cobalto.
Vengo siguiendo el camino señalado con pepitas de obsidiana que me vienes trazando, vengo con paso firme tras la estela de vainilla y clavo, alimentándome de avellanas y fruta seca.
Vengo en busca de tu dulce y enmielada crema, vengo rastreando tu piel miel de jazmín, el amargo cacao, y la caña de azúcar de la que habré de tomar.
Y la mañana en ti se aletarga, y no importa que afuera los abejorros zumben estrellados en el cristal, tu tomas entre tus manos lo que queda de mi, y soy el cuarto menguante en el nacimiento de tus uñas, el pliegue de piel que protege tus rodillas, el párpado que le da descanso a tus ojos, la almohadilla que se forma en tus labios, toda tu lengua, y los nervios mas finos que recorren tu cuerpo.
Y llega el fino polvo de oro del mediodía y hemos embriagado la casa del dulce aroma que escapa del horno y tu mano le da vida a un minúsculo torbellino en la taza del café y yo me asomo por las rendijas de tus ojos y me descubro placida junto a ti.
Beatrix
viernes, abril 22, 2005
Quiero hablarte
Quiero hablarte, decirte, y expresarte.
Quiero hacerte ponerte, y quitarte.
Cegada, cegada por la tormenta de luces de bengala que escapan de tus dedos, pequeñas muertes de exaltación estrelladas en las mezclas, en los turrones, en un panecillo en la bandeja de merengues.
Y yo la sombra que imita tus movimientos, el duendecillo hambriento, la fermentación que crece a pasos agigantados.
En este espacio, en este pequeño espacio al que un día me invitaste a pasar, nos ha quedado pequeño el cielo, te propongo derribar el techo, que nuestros panes se eleven en desmedidas proporciones, que los batidos alcancen alturas vertiginosas, que las fragancias intoxiquen todo a su paso, que El Todo sea una enorme plancha de mármol donde trabajar el chocolate, que sea mi pecho donde hornees el amoroso pan, que sirvan tus manos para contener la lava de azúcar que brota de los sartenes de cobre.
Vamos a cortar limones y naranjas de tu cabellera, yo te regalare la vainilla y la canela, y juntos, tapizaremos el cielo de anís.
Y tu me enseñas el paraíso, abres la puerta del paraíso y la bocanada de aire que deja escapar ruge en mi rostro, y mi rostro se enciende con su calor, y con las manos que no me han recorrido, y el paraíso huele a los pliegues de tu piel, la tenue luz del paraíso se avergüenza del cobalto que anida en tus ojos. Y tú me invitas a probar de las dulces mieles del paraíso, y en ese momento todas las teorías incluida la del caos, paran su marcha y el reloj marca las ocho menos cinco.
Y vuelven los ríos a su cauce, tú retomas el paso y en la distancia hablamos, nos decimos y expresamos, cuanto quisiéramos hacernos, ponernos, pero sobre todo quitarnos…
Beatrix
Quiero hacerte ponerte, y quitarte.
Cegada, cegada por la tormenta de luces de bengala que escapan de tus dedos, pequeñas muertes de exaltación estrelladas en las mezclas, en los turrones, en un panecillo en la bandeja de merengues.
Y yo la sombra que imita tus movimientos, el duendecillo hambriento, la fermentación que crece a pasos agigantados.
En este espacio, en este pequeño espacio al que un día me invitaste a pasar, nos ha quedado pequeño el cielo, te propongo derribar el techo, que nuestros panes se eleven en desmedidas proporciones, que los batidos alcancen alturas vertiginosas, que las fragancias intoxiquen todo a su paso, que El Todo sea una enorme plancha de mármol donde trabajar el chocolate, que sea mi pecho donde hornees el amoroso pan, que sirvan tus manos para contener la lava de azúcar que brota de los sartenes de cobre.
Vamos a cortar limones y naranjas de tu cabellera, yo te regalare la vainilla y la canela, y juntos, tapizaremos el cielo de anís.
Y tu me enseñas el paraíso, abres la puerta del paraíso y la bocanada de aire que deja escapar ruge en mi rostro, y mi rostro se enciende con su calor, y con las manos que no me han recorrido, y el paraíso huele a los pliegues de tu piel, la tenue luz del paraíso se avergüenza del cobalto que anida en tus ojos. Y tú me invitas a probar de las dulces mieles del paraíso, y en ese momento todas las teorías incluida la del caos, paran su marcha y el reloj marca las ocho menos cinco.
Y vuelven los ríos a su cauce, tú retomas el paso y en la distancia hablamos, nos decimos y expresamos, cuanto quisiéramos hacernos, ponernos, pero sobre todo quitarnos…
Beatrix
viernes, abril 15, 2005
Dime por que vuelves
-¿Dime por que vuelves?- Es tarde, además la comida picante nunca te ha gustado. Miras sobre mi hombro, observas con desdén las burbujas de aceite que suben a la superficie de la sartén. Puedo sentir tu descontento, no dices nada, solo observas y callas. Me impacienta tu actitud te pido que te vayas a sentar a la mesa, te ruego, sin tu saberlo que alejes tu cuerpo del mío, me pregunto una y otra vez el por que no estoy precisamente ese día tatemando chiles. La fragancia del chile invadiría los rincones más secretos de mi cocina y me resultaría imposible percibir ti olor.
A mi me gusta el sabor agridulce del tomatillo, me gusta mas cuando acitróno la cebolla en el aceite de oliva y el ajo, el olor entonces te despierta los sentidos y el esmeralda de la salsa despierta ansias en mi boca. Junto a mis ansias me llegan tus palabras.
-¿no te cansas de vivir en el pasado?-
Yo me contengo y bajo el fuego a la hornilla.
-¿a quien le importa comer esa porquería?-
Yo rompo una de mis reglas y tomo uno de tus cigarrillos baratos que tanto detesto, me siento a fumarlo mientras leo en ti, lo que en realidad me estas tratando de decir.
Para ti hay sabores, olores que te traen dolor. La ultima vez que estuviste por aquí te pedí que cerraras los ojos, te di a probar un poco de crema agria, no quisiste abrir los ojos, aun cerrados las lagrimas escapaban de ellos; fue entonces que supe que no volverías mas por acá. Me equivoque, volviste y haz vuelto en repetidas ocasiones siempre en busca del sabor perdido, de la sazón añorada. Una noche mientras dormía sentí como la aspereza de tu pulgar cubrió de orégano la aureola de mis senos, te acomodaste a un costado de mi cuerpo y te quedaste dormido mientras te amamantabas de la pujante fragancia y yo fingía dormir.
Estoy por terminar el cigarro, me levanto la falda a la altura de las rodillas y estas las abro para dar paso a tu cuerpo, te extiendo los brazos, los sostengo así el tiempo que sea necesario. Tu terminas cediendo, te tomo entre mis brazos y eres entonces un topo desvalido, un huérfano en medio del pueblo calcinado, un naufrago aferrado al pedazo de madera, un hijo extraviado de la patria.
Y entonces el confort se encuentra en la punta de mi índice coronado de salsa borracha, tus labios abiertos balbucean incoherencias, yo acaricio tu hermosa frente y recojo una a una las lágrimas que se te escapan.
Esta por llegar la noche, tu cuerpo sobre el mío pesa milenios, aspiro por ultima vez el fresco olor que dejaron dos hojas de hierbabuena en tu sien y me pierdo en algún pasaje de tus sueños.
Beatrix
A mi me gusta el sabor agridulce del tomatillo, me gusta mas cuando acitróno la cebolla en el aceite de oliva y el ajo, el olor entonces te despierta los sentidos y el esmeralda de la salsa despierta ansias en mi boca. Junto a mis ansias me llegan tus palabras.
-¿no te cansas de vivir en el pasado?-
Yo me contengo y bajo el fuego a la hornilla.
-¿a quien le importa comer esa porquería?-
Yo rompo una de mis reglas y tomo uno de tus cigarrillos baratos que tanto detesto, me siento a fumarlo mientras leo en ti, lo que en realidad me estas tratando de decir.
Para ti hay sabores, olores que te traen dolor. La ultima vez que estuviste por aquí te pedí que cerraras los ojos, te di a probar un poco de crema agria, no quisiste abrir los ojos, aun cerrados las lagrimas escapaban de ellos; fue entonces que supe que no volverías mas por acá. Me equivoque, volviste y haz vuelto en repetidas ocasiones siempre en busca del sabor perdido, de la sazón añorada. Una noche mientras dormía sentí como la aspereza de tu pulgar cubrió de orégano la aureola de mis senos, te acomodaste a un costado de mi cuerpo y te quedaste dormido mientras te amamantabas de la pujante fragancia y yo fingía dormir.
Estoy por terminar el cigarro, me levanto la falda a la altura de las rodillas y estas las abro para dar paso a tu cuerpo, te extiendo los brazos, los sostengo así el tiempo que sea necesario. Tu terminas cediendo, te tomo entre mis brazos y eres entonces un topo desvalido, un huérfano en medio del pueblo calcinado, un naufrago aferrado al pedazo de madera, un hijo extraviado de la patria.
Y entonces el confort se encuentra en la punta de mi índice coronado de salsa borracha, tus labios abiertos balbucean incoherencias, yo acaricio tu hermosa frente y recojo una a una las lágrimas que se te escapan.
Esta por llegar la noche, tu cuerpo sobre el mío pesa milenios, aspiro por ultima vez el fresco olor que dejaron dos hojas de hierbabuena en tu sien y me pierdo en algún pasaje de tus sueños.
Beatrix
viernes, abril 08, 2005
Oro y grana
-Tú si que eres un cara dura-.
Te apareces por mi cocina, te paseas por ella como si fueran tus terrenos, te plantas frente a mi –con solo la mesa de preparación de por medio- y me das un buenos días.
Y mis piernas tiemblan y mis dedos se aferran con firmeza al mango del cuchillo y la mirada se clava en el movimiento rítmico del filo de la navaja. Pero ante ti todo es inútil.
La ultima vez que te vi estabas tan embrutecido por el alcohol que casi te vuelas la yema de los dedos al picar finamente el ajo, yo corrí a tu lado asustada, paño en mano y tu me regalaste una tarde en las calles de Praga en tu mirada.
-¿lo recuerdas?-
-creo que ese aliño necesita más eneldo-
Y tu sonrisa torcida se contrae en el lado izquierdo de tu rostro, y en automático mi mano, mi inerte mano toma vida y sigue tus instrucciones, un puño pequeñito de eneldo, lo dejo caer en la mezcla de jocoque seco, limón y ajo.
Busco tus ojos, busco tu aprobación, y tu cabeza asienta en repetidas ocasiones, de manera sumisa tomo una muestra del aliño y te doy a probar, me pierdo en tus ojos, me pierdo en el avellana de tus ojos y le doy gracias a Dios que tus ojos no son color agua puerca, sino estaría totalmente perdida.
Entonces el casi uno noventa de estatura se inclina en mi dirección y tu nariz casi topando la mía me dice en un breve y mordido acento que esta perfecto.
Yo me intoxico del aliento mediterráneo que dejó escapar tu boca, tenia deseos de cubrirte en ese aliño fresco, ácido y albo. Dejar reposando la tabla roca de tu espalda sobre mi mesa y marinarte por entero del juguito dulce que le provocas a mi cuerpo.
-pensé que nunca más volverías a cocinar ese tipo de comida-
Yo te veo hipnotizada y acaricio la piel joven de un pepino persa, tú lo notas y la mueca reaparece en tu rostro trasnochado.
Me despierta el frió que recorre mi espalda, mi pelo enmarañado, entrelazado con pedazos de cebollinas y restos de romero, cierro los ojos y aun puedo oler tu presencia, aun puedo sentir la callosidad en la palma de tus manos recorriendo mis caderas, tomando con fuerza mis brazos y mis piernas.
Vuelvo abrir mis ojos y te veo de espaladas, desnudo frente a la estufa, eres un toro, eres el filo de la noche, eres la caída libre del agua en la cascada, veo tus firmes piernas sosteniendo el tronco del que acabo de beber.
Te clavo la mirada y guerrero que al fin eres, solo atinas a decirme:
-¿hambre?-
Y cierro lentamente los ojos, el tibio calor de tu lengua recorre la plaza de mi vientre, desato de un movimiento el lazo que amarra tu coleta, estamos a puertas cerradas, los cuadriles están sin cerrojo y a este encuentro vengo vestida de oro y grana.
Beatrix
Te apareces por mi cocina, te paseas por ella como si fueran tus terrenos, te plantas frente a mi –con solo la mesa de preparación de por medio- y me das un buenos días.
Y mis piernas tiemblan y mis dedos se aferran con firmeza al mango del cuchillo y la mirada se clava en el movimiento rítmico del filo de la navaja. Pero ante ti todo es inútil.
La ultima vez que te vi estabas tan embrutecido por el alcohol que casi te vuelas la yema de los dedos al picar finamente el ajo, yo corrí a tu lado asustada, paño en mano y tu me regalaste una tarde en las calles de Praga en tu mirada.
-¿lo recuerdas?-
-creo que ese aliño necesita más eneldo-
Y tu sonrisa torcida se contrae en el lado izquierdo de tu rostro, y en automático mi mano, mi inerte mano toma vida y sigue tus instrucciones, un puño pequeñito de eneldo, lo dejo caer en la mezcla de jocoque seco, limón y ajo.
Busco tus ojos, busco tu aprobación, y tu cabeza asienta en repetidas ocasiones, de manera sumisa tomo una muestra del aliño y te doy a probar, me pierdo en tus ojos, me pierdo en el avellana de tus ojos y le doy gracias a Dios que tus ojos no son color agua puerca, sino estaría totalmente perdida.
Entonces el casi uno noventa de estatura se inclina en mi dirección y tu nariz casi topando la mía me dice en un breve y mordido acento que esta perfecto.
Yo me intoxico del aliento mediterráneo que dejó escapar tu boca, tenia deseos de cubrirte en ese aliño fresco, ácido y albo. Dejar reposando la tabla roca de tu espalda sobre mi mesa y marinarte por entero del juguito dulce que le provocas a mi cuerpo.
-pensé que nunca más volverías a cocinar ese tipo de comida-
Yo te veo hipnotizada y acaricio la piel joven de un pepino persa, tú lo notas y la mueca reaparece en tu rostro trasnochado.
Me despierta el frió que recorre mi espalda, mi pelo enmarañado, entrelazado con pedazos de cebollinas y restos de romero, cierro los ojos y aun puedo oler tu presencia, aun puedo sentir la callosidad en la palma de tus manos recorriendo mis caderas, tomando con fuerza mis brazos y mis piernas.
Vuelvo abrir mis ojos y te veo de espaladas, desnudo frente a la estufa, eres un toro, eres el filo de la noche, eres la caída libre del agua en la cascada, veo tus firmes piernas sosteniendo el tronco del que acabo de beber.
Te clavo la mirada y guerrero que al fin eres, solo atinas a decirme:
-¿hambre?-
Y cierro lentamente los ojos, el tibio calor de tu lengua recorre la plaza de mi vientre, desato de un movimiento el lazo que amarra tu coleta, estamos a puertas cerradas, los cuadriles están sin cerrojo y a este encuentro vengo vestida de oro y grana.
Beatrix
viernes, marzo 25, 2005
Azul Cobalto
Tú y yo tenemos un lenguaje secreto. En medio de la confusión, el bullicio de la cocina, del frenético ir y venir de las ollas y los sartenes, cuando el dulce-amargo aroma de la azúcar caramelizada despierta los sentidos, tu rozas de manera apenas perceptible la yema de mis dedos.
Cuando estamos frente a frente te observo trabajar, la mesa, los instrumentos pero sobre todo el chocolate son naturales en ti, hay una soltura en tus movimientos, una pertenencia arraigada en la forma en que bates e incorporas las pepitas de obsidiana, tus manos, tus hermosas y rosadas manos giran la espátula con movimientos uniformes.
Algo en ti sabe que la temperatura es la correcta, te cuestiono la intrínseca certeza, entonces el azul de tus ojos se contrae con el crecimiento de tus pupilas, te llevas la espátula a la altura del labio inferior y pintas de un roce una mota de la tibia mezcla, después de unos segundos la punta de tu lengua se asoma y de un trazo breve borras toda huella del mas fino cacao.
Mi sangre entonces se adelgaza, mi sangre es una delta desbordada en mi rostro y tú, el chaman-niño, el alfaharero del cacao, el alquimista de los corazones de obsidiana me provocas con la punta de tu índice cubierto del tibio brebaje, y tu dedo es una lanza, es una afilada punta en dirección de mis labios, y labios, lengua y dedo son uno en la dulce y tibia comunión.
Entonces tomada de tu mano llegamos a la puerta del origen, por el azul de tus ojos se llega al ombligo de la creación y es en tus manos, en la historia cincelada en la yema de tus dedos que me introduzco al laberinto.
Hace tres mil años el dios emplumado y de manos hermosas como tu, se divirtió planeando este encuentro, hace tres mil años que aguarda tras las estrellas esperando el momento en que yo descubra su rostro en el cobalto de tus ojos.
Beatrix
Cuando estamos frente a frente te observo trabajar, la mesa, los instrumentos pero sobre todo el chocolate son naturales en ti, hay una soltura en tus movimientos, una pertenencia arraigada en la forma en que bates e incorporas las pepitas de obsidiana, tus manos, tus hermosas y rosadas manos giran la espátula con movimientos uniformes.
Algo en ti sabe que la temperatura es la correcta, te cuestiono la intrínseca certeza, entonces el azul de tus ojos se contrae con el crecimiento de tus pupilas, te llevas la espátula a la altura del labio inferior y pintas de un roce una mota de la tibia mezcla, después de unos segundos la punta de tu lengua se asoma y de un trazo breve borras toda huella del mas fino cacao.
Mi sangre entonces se adelgaza, mi sangre es una delta desbordada en mi rostro y tú, el chaman-niño, el alfaharero del cacao, el alquimista de los corazones de obsidiana me provocas con la punta de tu índice cubierto del tibio brebaje, y tu dedo es una lanza, es una afilada punta en dirección de mis labios, y labios, lengua y dedo son uno en la dulce y tibia comunión.
Entonces tomada de tu mano llegamos a la puerta del origen, por el azul de tus ojos se llega al ombligo de la creación y es en tus manos, en la historia cincelada en la yema de tus dedos que me introduzco al laberinto.
Hace tres mil años el dios emplumado y de manos hermosas como tu, se divirtió planeando este encuentro, hace tres mil años que aguarda tras las estrellas esperando el momento en que yo descubra su rostro en el cobalto de tus ojos.
Beatrix
viernes, marzo 04, 2005
La magia viene envuelta en papel encerado
Tú no juegas limpio. Cuando me anunciaste que tenias una sorpresa el azul de tus ojos brillo de manera especial.
-Te tengo una sorpresa-
Y mi corazón fue un mono araña en medio de la selva, mis ojos siguieron detenidamente tus movimientos, mis oídos alertas a cualquier sonido inusual.
La magia viene envuelta en papel encerado, es volátil y tiene el corazón estrellado en millones de fragmentos, huele a ti (pensé).
-pruébalo, el mas fino oro para ti, para que trabajes con el, para que lo transformes en nubes o merengues, sorpréndeme-.
Ochenta y dos por ciento del más puro cacao resplandecía en contraste con el pálido blanco del envoltorio, lo llevaste a la altura de mi nariz y la fragancia al igual que tu sonrisa me intoxicó.
Esa noche tus manos y las mías trabajaron con el, luchamos con su temperamento me cubrí de el y no hubo un centímetro de mi piel que no quedara salpicada de polvo de oro.
-siete claras de huevo y tres cuartas partes de café recién colado, mezcla el resto de los ingredientes secos y los incorporas a tus líquidos-.
La mezcla en cuestión producirá una ligera nube que se extiende sobre un molde de metal, 350 grados por doce minutos y una vez que se enfrié lo removeré del molde y cortare pequeñas circunferencias. Tu mano entonces tomo la mía y la hizo girar en noventa grados a la derecha y a la izquierda, después sosteniendo aun mi mano levantaste el molde para liberar la almohadilla del mas oscuro café.
-¿que vas hacer con ella?-
Me preguntaste lleno de curiosidad, entonces me acerque a tu oído y te susurre:
-pondré a derretir en baño Maria veinte gramos de chocolate, cuando este derretido lo dejare reposar a temperatura ambiente, a continuación batiré doce claras de huevo a velocidad media por unos tres minutos, después de manera lenta incorporare el azúcar y una vez que este a punto de turrón, mezclare con la mano el ganache hasta lograr un mousse casi etéreo que sea como un beso en tus labios.-
El resto de la noche te quedaste a mi lado hipnotizado por el ir y venir de mis manos, y en busca de la perfección aprovechaste mas de un pretexto para tomar mi mano derecha y guiarla mientras manipulaba la espátula al tratar de nivelar los moldes.
Al final de la noche te entregue una serie de cilindros del más volátil y puro chocolate, logre arrancarte esa noche un gesto de aprobación.
El reloj marcaba las diez y cuarenta y cinco minutos, preparaba mi equipo para retirarme trate de limpiar lo que sin duda había sido una lucha a dos cuerpos con el mas fino de los chocolates, las piernas y los brazos me dolían, me dolía la prueba y me dolía aun mas no estar convencida de ser la vencedora. Cuando estaba por abandonar el aula busque tu mirada para decirte adiós, tu te acercaste a mi y con la mano izquierda sacudiste de manera inútil el cacao acumulado en la manga de mi saco.
-debí advertirte lo siento, debí decirte que no era fácil de trabajar, que se esparce por todos lados, que su grado de pureza es mucho mas alto que cualquier otro con la que hayas trabajado en el pasado, que revisaras el porcentaje de azúcar, que estuvieras atenta a su temperamento-.
Me aleje sin decirte nada las palabras salían sobrando además la lección estaba asimilada: el alquimista de ojos azules no juega limpio.
Beatrix
-Te tengo una sorpresa-
Y mi corazón fue un mono araña en medio de la selva, mis ojos siguieron detenidamente tus movimientos, mis oídos alertas a cualquier sonido inusual.
La magia viene envuelta en papel encerado, es volátil y tiene el corazón estrellado en millones de fragmentos, huele a ti (pensé).
-pruébalo, el mas fino oro para ti, para que trabajes con el, para que lo transformes en nubes o merengues, sorpréndeme-.
Ochenta y dos por ciento del más puro cacao resplandecía en contraste con el pálido blanco del envoltorio, lo llevaste a la altura de mi nariz y la fragancia al igual que tu sonrisa me intoxicó.
Esa noche tus manos y las mías trabajaron con el, luchamos con su temperamento me cubrí de el y no hubo un centímetro de mi piel que no quedara salpicada de polvo de oro.
-siete claras de huevo y tres cuartas partes de café recién colado, mezcla el resto de los ingredientes secos y los incorporas a tus líquidos-.
La mezcla en cuestión producirá una ligera nube que se extiende sobre un molde de metal, 350 grados por doce minutos y una vez que se enfrié lo removeré del molde y cortare pequeñas circunferencias. Tu mano entonces tomo la mía y la hizo girar en noventa grados a la derecha y a la izquierda, después sosteniendo aun mi mano levantaste el molde para liberar la almohadilla del mas oscuro café.
-¿que vas hacer con ella?-
Me preguntaste lleno de curiosidad, entonces me acerque a tu oído y te susurre:
-pondré a derretir en baño Maria veinte gramos de chocolate, cuando este derretido lo dejare reposar a temperatura ambiente, a continuación batiré doce claras de huevo a velocidad media por unos tres minutos, después de manera lenta incorporare el azúcar y una vez que este a punto de turrón, mezclare con la mano el ganache hasta lograr un mousse casi etéreo que sea como un beso en tus labios.-
El resto de la noche te quedaste a mi lado hipnotizado por el ir y venir de mis manos, y en busca de la perfección aprovechaste mas de un pretexto para tomar mi mano derecha y guiarla mientras manipulaba la espátula al tratar de nivelar los moldes.
Al final de la noche te entregue una serie de cilindros del más volátil y puro chocolate, logre arrancarte esa noche un gesto de aprobación.
El reloj marcaba las diez y cuarenta y cinco minutos, preparaba mi equipo para retirarme trate de limpiar lo que sin duda había sido una lucha a dos cuerpos con el mas fino de los chocolates, las piernas y los brazos me dolían, me dolía la prueba y me dolía aun mas no estar convencida de ser la vencedora. Cuando estaba por abandonar el aula busque tu mirada para decirte adiós, tu te acercaste a mi y con la mano izquierda sacudiste de manera inútil el cacao acumulado en la manga de mi saco.
-debí advertirte lo siento, debí decirte que no era fácil de trabajar, que se esparce por todos lados, que su grado de pureza es mucho mas alto que cualquier otro con la que hayas trabajado en el pasado, que revisaras el porcentaje de azúcar, que estuvieras atenta a su temperamento-.
Me aleje sin decirte nada las palabras salían sobrando además la lección estaba asimilada: el alquimista de ojos azules no juega limpio.
Beatrix
viernes, febrero 25, 2005
Un songuito de diez pulgadas
A mi me gustaba tener manos tersas, mis manos acostumbradas a tocarte y acariciarte sin descanso ahora pondrán un toque áspero en tu espalda. Hace tiempo que te vengo diciendo que esto de la cocina es serio, una lucha al estilo gladiador con las ollas y los sartenes es algo real y si no vas preparado sales mal librado de ella. La semana pasada por fin pude manipular al chivato alemán de diez pulgadas y lamina de acero que me conseguí.
Durante cinco horas lo tuve agarrado de la parte mas noble -que en este caso es el mango- y realizamos los cortes mas impecables que ninguno de los dos imaginamos.
Zanahorias, morrones, cebolla española, ajo y perejil revistieron nuevas formas, fueron elevados a un sin fin de figuras caprichosas para mas tarde ser pasados por una sartén previamente calentado con aceite, el movimiento es rápido agitado y zarandeado, las verduras bailan un vaivén por escasos minutos al fuego y después terminan reposando en un plato previamente calentado.
-Inaceptable es y será servir la comida en un plato que no este previamente calentado.-
El chef O repetía sin cesar esa frase, la taladraba sin descanso, separaba las silabas en i-na-cep-ta-ble. Con la finalidad de que nos quedara claro, y claro quedo cuando el chico mas joven de la clase presento su guarnición en un plato aun húmedo y a temperatura ambiente. Mas claro aun cuando el plato fue a dar en el suelo y el confeti de verduras multicolores volaron por el inmaculado piso.
Esa noche después de casi volarme la yema del dedo, de cientos de charolas de berenjena asada, de pollo a las brasas, empanizado y dorado, de un sin fin de cortes finos entre ellos el corte de pechuga estilo aerolínea, salí arrastrando los pies, cansada y agotada, mi inmaculado uniforme mostraba huellas feroces de la contienda aun en el ribete impecable del botón. Caminaba cabizbaja rumbo a mi carro y al adentrarme en el y respirar profundo, pude por fin colocar mis manos sobre el volante, y ¡ay! Que dolor, que ardor, encendí la luz solo para descubrir las dos asperezas en mis dedos. Suspire sin darle importancia pensando que desaparecerían mañana mismo junto con el nauseabundo olor de tantos kilos de pollo crudo.
Casi una semana ha pasado y ahora llevo con orgullo la callosidad dual de mi mano derecha, el chivato alemán y yo nos vamos entendiendo, el a hacer mas ligera mi carga y mi trabajo, yo a poner menos presión y a saber deslizarlo. El a no volarme mis necesarios dedos, yo a sostener con fuerza su mango. Dice el chef O que una larga relación es la que se establece entre el cuchillo y el cocinero, una relación que en mi caso apenas da inicio.
Siendo así deberíamos tutearnos, el runruneara mi nombre en los cortes estilo mecedora y yo le diré entre grititos agitados –eres un songuito- cuando me tome por sorpresa y el filo de navaja gotee púrpura y escarlata.
Beatrix
Durante cinco horas lo tuve agarrado de la parte mas noble -que en este caso es el mango- y realizamos los cortes mas impecables que ninguno de los dos imaginamos.
Zanahorias, morrones, cebolla española, ajo y perejil revistieron nuevas formas, fueron elevados a un sin fin de figuras caprichosas para mas tarde ser pasados por una sartén previamente calentado con aceite, el movimiento es rápido agitado y zarandeado, las verduras bailan un vaivén por escasos minutos al fuego y después terminan reposando en un plato previamente calentado.
-Inaceptable es y será servir la comida en un plato que no este previamente calentado.-
El chef O repetía sin cesar esa frase, la taladraba sin descanso, separaba las silabas en i-na-cep-ta-ble. Con la finalidad de que nos quedara claro, y claro quedo cuando el chico mas joven de la clase presento su guarnición en un plato aun húmedo y a temperatura ambiente. Mas claro aun cuando el plato fue a dar en el suelo y el confeti de verduras multicolores volaron por el inmaculado piso.
Esa noche después de casi volarme la yema del dedo, de cientos de charolas de berenjena asada, de pollo a las brasas, empanizado y dorado, de un sin fin de cortes finos entre ellos el corte de pechuga estilo aerolínea, salí arrastrando los pies, cansada y agotada, mi inmaculado uniforme mostraba huellas feroces de la contienda aun en el ribete impecable del botón. Caminaba cabizbaja rumbo a mi carro y al adentrarme en el y respirar profundo, pude por fin colocar mis manos sobre el volante, y ¡ay! Que dolor, que ardor, encendí la luz solo para descubrir las dos asperezas en mis dedos. Suspire sin darle importancia pensando que desaparecerían mañana mismo junto con el nauseabundo olor de tantos kilos de pollo crudo.
Casi una semana ha pasado y ahora llevo con orgullo la callosidad dual de mi mano derecha, el chivato alemán y yo nos vamos entendiendo, el a hacer mas ligera mi carga y mi trabajo, yo a poner menos presión y a saber deslizarlo. El a no volarme mis necesarios dedos, yo a sostener con fuerza su mango. Dice el chef O que una larga relación es la que se establece entre el cuchillo y el cocinero, una relación que en mi caso apenas da inicio.
Siendo así deberíamos tutearnos, el runruneara mi nombre en los cortes estilo mecedora y yo le diré entre grititos agitados –eres un songuito- cuando me tome por sorpresa y el filo de navaja gotee púrpura y escarlata.
Beatrix
viernes, febrero 11, 2005
Un voyeur
Debí imaginarme o por lo menos intuirlo, tú además de tener unas manos hermosas eres un Voyeur.
Resulto que el trabajo de azúcar era mejor hacerlo entre dos. Después de explicarme que no dejara cristalizar el azúcar en la orilla de la sartén, que utilizara la brocha humedecida una y otra vez para evitar las minúsculas burbujas. Cuando la temperatura alcanzo el grado correcto y el espeso líquido se tiño me dijiste que era el estado correcto. Una vez que coloque el pozo de cobre sobre la mesa de trabajo, me pediste que esperara unos minutos, que este trabajo se realizaría entre dos.
Tú elegiste al chico irlandés que se sienta a mi derecha, debe tener unos veinte años y medir cerca de dos metros, de manos grandes y robustas además de aniñadas.
Te tomo cinco minutos explicarnos como estirar, flexionar y doblar la mezcla, enfatizaste que era el calor de nuestras manos el que evitaría terminar con una enorme roca de azúcar, así que entre los dos acompasados mantendríamos la temperatura correcta.
-¿Cuál es la temperatura correcta?- te pregunte.
-Hasta donde tus manos lo toleren ni un grado mas ni uno menos-
Marmolear azúcar es lo mas parecido a una relación, hay un estire y afloje de ambas partes. El tiraba con firmeza y en varias ocasiones me arrebato de un jalón mi parte de la mezcla, entonces se detenía por unos segundos y me pedía disculpas sonrojado. En otras ocasiones yo sacudía con firmeza y lo tomaba por sorpresa al romper el uniforme ritmo que manteníamos.
Así estuvimos por un tiempo el ámbar había desaparecido y en su lugar un metálico dorado brillaba y parecía sudar, y sino, éramos nosotros frente y antebrazos sudorosos, manos henchidas de trabajar a esa temperatura, el joven irlandés tenia las manos color cereza, yo tenia las manos en esa fina línea que divide lo tolerable de lo que no lo es.
Te descubrí en la esquina junto al horno en el que te gusta hornear el pan, te sorprendiste cuando leí en tus ojos que no te habías movido todo ese tiempo de allí, que seguiste todos nuestros movimientos con un deleite, empalagado por tus pensamientos, intoxicado con las imágenes.
Y secretamente sin decirlo lo entendí y accedí, de ahora en adelante dejaría que me vieras con otros, sin ellos saberlo, tú y yo estábamos en sobreentendido marmolearia azúcar con quien tú eligieras, cuando tú lo creyeras conveniente.
Entonces lo tome con suavidad y revise sus manos, cuando confirme que aun tenía posibilidades de seguir trabajando, le dije:
-Ahora vamos a hacer pétalos de rosas, cuida de no jalar bruscamente, déjate guiar por mi, solo encargate de mantener la temperatura correcta-.
Terminábamos el último pétalo, mis manos temblaban de cansancio, parado junto a mí me rozaste con tu aliento el lóbulo izquierdo.
Esa noche el chico irlandés camino conmigo hasta mi automóvil, me ayudo a colocar mi equipo en el interior de la cajuela, al despedirnos lo bese en las mejillas al estilo europeo y revise por ultima vez sus manos, en la distancia cobijado por la oscuridad tu mirada nos acompaño.
Beatrix
Resulto que el trabajo de azúcar era mejor hacerlo entre dos. Después de explicarme que no dejara cristalizar el azúcar en la orilla de la sartén, que utilizara la brocha humedecida una y otra vez para evitar las minúsculas burbujas. Cuando la temperatura alcanzo el grado correcto y el espeso líquido se tiño me dijiste que era el estado correcto. Una vez que coloque el pozo de cobre sobre la mesa de trabajo, me pediste que esperara unos minutos, que este trabajo se realizaría entre dos.
Tú elegiste al chico irlandés que se sienta a mi derecha, debe tener unos veinte años y medir cerca de dos metros, de manos grandes y robustas además de aniñadas.
Te tomo cinco minutos explicarnos como estirar, flexionar y doblar la mezcla, enfatizaste que era el calor de nuestras manos el que evitaría terminar con una enorme roca de azúcar, así que entre los dos acompasados mantendríamos la temperatura correcta.
-¿Cuál es la temperatura correcta?- te pregunte.
-Hasta donde tus manos lo toleren ni un grado mas ni uno menos-
Marmolear azúcar es lo mas parecido a una relación, hay un estire y afloje de ambas partes. El tiraba con firmeza y en varias ocasiones me arrebato de un jalón mi parte de la mezcla, entonces se detenía por unos segundos y me pedía disculpas sonrojado. En otras ocasiones yo sacudía con firmeza y lo tomaba por sorpresa al romper el uniforme ritmo que manteníamos.
Así estuvimos por un tiempo el ámbar había desaparecido y en su lugar un metálico dorado brillaba y parecía sudar, y sino, éramos nosotros frente y antebrazos sudorosos, manos henchidas de trabajar a esa temperatura, el joven irlandés tenia las manos color cereza, yo tenia las manos en esa fina línea que divide lo tolerable de lo que no lo es.
Te descubrí en la esquina junto al horno en el que te gusta hornear el pan, te sorprendiste cuando leí en tus ojos que no te habías movido todo ese tiempo de allí, que seguiste todos nuestros movimientos con un deleite, empalagado por tus pensamientos, intoxicado con las imágenes.
Y secretamente sin decirlo lo entendí y accedí, de ahora en adelante dejaría que me vieras con otros, sin ellos saberlo, tú y yo estábamos en sobreentendido marmolearia azúcar con quien tú eligieras, cuando tú lo creyeras conveniente.
Entonces lo tome con suavidad y revise sus manos, cuando confirme que aun tenía posibilidades de seguir trabajando, le dije:
-Ahora vamos a hacer pétalos de rosas, cuida de no jalar bruscamente, déjate guiar por mi, solo encargate de mantener la temperatura correcta-.
Terminábamos el último pétalo, mis manos temblaban de cansancio, parado junto a mí me rozaste con tu aliento el lóbulo izquierdo.
Esa noche el chico irlandés camino conmigo hasta mi automóvil, me ayudo a colocar mi equipo en el interior de la cajuela, al despedirnos lo bese en las mejillas al estilo europeo y revise por ultima vez sus manos, en la distancia cobijado por la oscuridad tu mirada nos acompaño.
Beatrix
viernes, febrero 04, 2005
Dejame ver tú ombligo
Un par de manos grandes tienen tres posibilidades: tocar piano, tomarte por sorpresa o amasar pan.
El chef F. tiene las manos grandes y rosadas, he notado que los hombres en esta rama de la cocina, tienen manos rosadas y bellas, a diferencia de la cocina caliente donde las manos sufren las inclemencias de las altas temperaturas, el agua, el filo de los cuchillos y el manejo de un sinfín de ingredientes. Algo muy distinto ocurre con el amasado de pan, es uno de los actos más suaves y armoniosos además de sensuales que he presenciando en mi vida.
Esta noche la faena requiere elaborar panecillos de mesa, una vez que los ingredientes se han mezclado y la masa se a trabajado hay que dejarla reposar en un lugar tibio, como un horno, el calor que da el piloto es suficiente para lograr que la masa doble su tamaño. Cuando saqué del horno mi platón con la masa y la coloque en mi mesa de trabajo, el chef F. se sitúo a mi lado derecho, de esa manera seria más fácil para él trabajar pues es zurdo. Sin mirarme de frente me soltó lo siguiente:
–Adoro tú nombre Beatrix-.
Yo que nunca he sido buena en esas situaciones me limite a subir el color de mi rostro.
-Fíjate bien, cada panecillo deberá pesar dos onzas, siempre busca que sean uniformes, unas vez que tengas marcadas las piezas tomaras una y sin poner presión entre tu mano y la mesa harás girar en círculos continuos hacia ti las piezas de pan. Procura que los dedos estén entre abiertos, lo que queremos lograr es que se forme una piel que cubra y proteja el panecillo de manera que cuando lo veas por debajo distingas claramente un ombligo-.
Así va ser esto ya lo entendí, una atmósfera tibia con olor a pan recién horneado, manos que se tocan una y otra vez en aras de un amasado perfecto, el roce inesperado de un codo o de un dedo, convidar un pedazo de gloria aun humeante y llevárselo a la boca mientras se mira uno a los ojos sin parpadear.
El chef F. aun no lo sabe, pero pronto descubrirá que mi nombre significa: “la que trae la alegría”, su cocina no será la misma, y sino ahí esta la Divina Comedia de ejemplo.
Mientras girábamos panecillos sin descanso me confesaste lo mucho que te gusta trabajar el chocolate, te pregunte cual chocolate preferías y resulta que favoreces a los europeos y muy en especial uno francés. Yo me sonreí con la malicia de los chamanes y pensé que un día no muy lejano estarás bebiendo de mi mano un espumoso chocolate mexicano, te daré a probar un trozo del verdadero chocolate, te perfumaras los sentidos con el aroma de la vainilla y la canela. Para eso es que he guardado el rustico molinillo de cuatro aros y grabado indígena que poseo, para hacer subir la espuma de tonos iridiscentes y que cuando lo bebas las minúsculas burbujas del ancestral brebaje te estropeen los sentidos.
Si lo confieso, en esos pensamientos estaba cuando tú voz llegaba de lejos y me dejaba perpleja con la solicitud.
-Déjame ver el ombligo-
Mi mano freno la marcha y se quedo paralizada ante la petición, el ritmo de mi corazón trabajo a marchas forzadas, y la palma de mi mano izquierda se cubrió se sudor, algo debí decirte con los ojos, algo que solo tú y yo entendimos, con suavidad extrema me tomaste de la muñeca con tú mano izquierda y la giraste exponiendo así la perfecta circunferencia ceñida al centro.
-Tú ombligo es perfecto Beatrix-
Tus palabras arrastraban un sentido implícito con el que barnizamos cada panecillo antes de hornearlos, quince minutos mas tarde, mientras te veía partir uno de los panecillos un vaho escapo del corazón de la perfecta esfera, tu índice así como tu pulgar lo llevaron a mi boca y selle la comunión con una sonrisa.
No, no estaba mal para ser la primera vez, tú todo dedos, yo todo ombligo y el horno de testigo.
Beatrix
El chef F. tiene las manos grandes y rosadas, he notado que los hombres en esta rama de la cocina, tienen manos rosadas y bellas, a diferencia de la cocina caliente donde las manos sufren las inclemencias de las altas temperaturas, el agua, el filo de los cuchillos y el manejo de un sinfín de ingredientes. Algo muy distinto ocurre con el amasado de pan, es uno de los actos más suaves y armoniosos además de sensuales que he presenciando en mi vida.
Esta noche la faena requiere elaborar panecillos de mesa, una vez que los ingredientes se han mezclado y la masa se a trabajado hay que dejarla reposar en un lugar tibio, como un horno, el calor que da el piloto es suficiente para lograr que la masa doble su tamaño. Cuando saqué del horno mi platón con la masa y la coloque en mi mesa de trabajo, el chef F. se sitúo a mi lado derecho, de esa manera seria más fácil para él trabajar pues es zurdo. Sin mirarme de frente me soltó lo siguiente:
–Adoro tú nombre Beatrix-.
Yo que nunca he sido buena en esas situaciones me limite a subir el color de mi rostro.
-Fíjate bien, cada panecillo deberá pesar dos onzas, siempre busca que sean uniformes, unas vez que tengas marcadas las piezas tomaras una y sin poner presión entre tu mano y la mesa harás girar en círculos continuos hacia ti las piezas de pan. Procura que los dedos estén entre abiertos, lo que queremos lograr es que se forme una piel que cubra y proteja el panecillo de manera que cuando lo veas por debajo distingas claramente un ombligo-.
Así va ser esto ya lo entendí, una atmósfera tibia con olor a pan recién horneado, manos que se tocan una y otra vez en aras de un amasado perfecto, el roce inesperado de un codo o de un dedo, convidar un pedazo de gloria aun humeante y llevárselo a la boca mientras se mira uno a los ojos sin parpadear.
El chef F. aun no lo sabe, pero pronto descubrirá que mi nombre significa: “la que trae la alegría”, su cocina no será la misma, y sino ahí esta la Divina Comedia de ejemplo.
Mientras girábamos panecillos sin descanso me confesaste lo mucho que te gusta trabajar el chocolate, te pregunte cual chocolate preferías y resulta que favoreces a los europeos y muy en especial uno francés. Yo me sonreí con la malicia de los chamanes y pensé que un día no muy lejano estarás bebiendo de mi mano un espumoso chocolate mexicano, te daré a probar un trozo del verdadero chocolate, te perfumaras los sentidos con el aroma de la vainilla y la canela. Para eso es que he guardado el rustico molinillo de cuatro aros y grabado indígena que poseo, para hacer subir la espuma de tonos iridiscentes y que cuando lo bebas las minúsculas burbujas del ancestral brebaje te estropeen los sentidos.
Si lo confieso, en esos pensamientos estaba cuando tú voz llegaba de lejos y me dejaba perpleja con la solicitud.
-Déjame ver el ombligo-
Mi mano freno la marcha y se quedo paralizada ante la petición, el ritmo de mi corazón trabajo a marchas forzadas, y la palma de mi mano izquierda se cubrió se sudor, algo debí decirte con los ojos, algo que solo tú y yo entendimos, con suavidad extrema me tomaste de la muñeca con tú mano izquierda y la giraste exponiendo así la perfecta circunferencia ceñida al centro.
-Tú ombligo es perfecto Beatrix-
Tus palabras arrastraban un sentido implícito con el que barnizamos cada panecillo antes de hornearlos, quince minutos mas tarde, mientras te veía partir uno de los panecillos un vaho escapo del corazón de la perfecta esfera, tu índice así como tu pulgar lo llevaron a mi boca y selle la comunión con una sonrisa.
No, no estaba mal para ser la primera vez, tú todo dedos, yo todo ombligo y el horno de testigo.
Beatrix
viernes, enero 28, 2005
Con mariposas en la panza
Con mariposas en la panza. Así es como me sentía mientras corría como una loca por el estacionamiento de la escuela debido a mi retrazo. Al abrir la puerta el chef F me dio la bienvenida y me ofreció la mano.
-Perdón se me hizo tarde, creí que no alcanzaría a llegar, otro semestre no podría-…
Shishhh, me cayo de manera suave, -ya estas aquí-
Sin embargo insistí; -si pero es que el semestre pasad-…
Me vuelve a interrumpir y me dice:
-El semestre pasado ya paso, ahora estas aquí, así que bienvenida-
Azules. Tiene los ojos azules y el rostro delgado, habla muy despacio, si su voz fuera un postre el seria un mousses de moras blancas y licor.
Ni él mismo entiende la popularidad de su clase, le sorprende tener un salón abarrotado y tener que disculparse con todas las personas que no pudieron quedarse este semestre.
Se olvida de la brillante carrera y el esplendido currículo, de los restaurantes en los que ha trabajado y que le han ganado fama internacional.
Justo como lo describí hace unos meses, el es un chef joven y tiene la pinta de todo menos de ser un chef de repostería.
Me concentro en observarlo, mido sus palabras y sigo de cerca el movimiento tímido de sus ojos, hace una pausa y se pierde en el recuerdo de algo, cuando vuelve a tiempo y espacio se afana en hablarnos de su profundo deseo de enseñarnos el arte de la repostería fina.
-Elaboraremos pequeños bocadillos, no esperen de mi panecillos ni pasteles; salsas y mousses, trabajo delicado de azúcar, eso es lo que aquí vamos hacer-.
Al final de la mesa siete un grupo de jovencitas se cuchichean mientras miran de reojo al maestro, él lo nota y apenado se refugia en la pizarra blanca, mira su reloj y nos dice que podemos retirarnos que nos espera la semana que entra con el uniforme limpio, el pelo recogido y usando el gorro. Un gran barullo se forma mientras todos toman sus cosas y se machan, de un grupo de estudiantes asoma su cabeza y en tono firme nos amenaza.
-No quiero a nadie usando perfume ni loción en mi clase, es burdo e inconsiderado, pero sobre todo estropea los sentidos-.
Tomo con lentitud mis cosas, en realidad estoy ganando tiempo para acercarme a él y poder despedirme, me aproximo de manera lenta y casi imperceptible con pies de gato, me coloco a su lado y le clavo la mirada en el cuello, espero.
-Cinco segundos, te tomo cinco segundo embriagarte del anís de mi perfume, volteaste como si supieras de toda la vida que estaba allí aguardándote, y con una sonrisa me dijiste:
-Nos vemos la semana que entra-
Yo te extendí la mano derecha y te estreche la mano el tiempo necesario para dejarte el aroma de mi perfume en ella.
Después de todo esta será mi única oportunidad de estropearte los sentidos...
Beatrix
-Perdón se me hizo tarde, creí que no alcanzaría a llegar, otro semestre no podría-…
Shishhh, me cayo de manera suave, -ya estas aquí-
Sin embargo insistí; -si pero es que el semestre pasad-…
Me vuelve a interrumpir y me dice:
-El semestre pasado ya paso, ahora estas aquí, así que bienvenida-
Azules. Tiene los ojos azules y el rostro delgado, habla muy despacio, si su voz fuera un postre el seria un mousses de moras blancas y licor.
Ni él mismo entiende la popularidad de su clase, le sorprende tener un salón abarrotado y tener que disculparse con todas las personas que no pudieron quedarse este semestre.
Se olvida de la brillante carrera y el esplendido currículo, de los restaurantes en los que ha trabajado y que le han ganado fama internacional.
Justo como lo describí hace unos meses, el es un chef joven y tiene la pinta de todo menos de ser un chef de repostería.
Me concentro en observarlo, mido sus palabras y sigo de cerca el movimiento tímido de sus ojos, hace una pausa y se pierde en el recuerdo de algo, cuando vuelve a tiempo y espacio se afana en hablarnos de su profundo deseo de enseñarnos el arte de la repostería fina.
-Elaboraremos pequeños bocadillos, no esperen de mi panecillos ni pasteles; salsas y mousses, trabajo delicado de azúcar, eso es lo que aquí vamos hacer-.
Al final de la mesa siete un grupo de jovencitas se cuchichean mientras miran de reojo al maestro, él lo nota y apenado se refugia en la pizarra blanca, mira su reloj y nos dice que podemos retirarnos que nos espera la semana que entra con el uniforme limpio, el pelo recogido y usando el gorro. Un gran barullo se forma mientras todos toman sus cosas y se machan, de un grupo de estudiantes asoma su cabeza y en tono firme nos amenaza.
-No quiero a nadie usando perfume ni loción en mi clase, es burdo e inconsiderado, pero sobre todo estropea los sentidos-.
Tomo con lentitud mis cosas, en realidad estoy ganando tiempo para acercarme a él y poder despedirme, me aproximo de manera lenta y casi imperceptible con pies de gato, me coloco a su lado y le clavo la mirada en el cuello, espero.
-Cinco segundos, te tomo cinco segundo embriagarte del anís de mi perfume, volteaste como si supieras de toda la vida que estaba allí aguardándote, y con una sonrisa me dijiste:
-Nos vemos la semana que entra-
Yo te extendí la mano derecha y te estreche la mano el tiempo necesario para dejarte el aroma de mi perfume en ella.
Después de todo esta será mi única oportunidad de estropearte los sentidos...
Beatrix
viernes, enero 21, 2005
Dime si es cierto que los gusanos saben a mantequilla
Pensé, me convencí y también creí que ya no te añoraba. Que despertar a tú lado era cosa del pasado, que lo mismo me daba pensar en ti que perderte en algún recoveco de mi memoria. Y sin embargo esta mañana te sentí allí, junto a mí. Nunca tuve tiempo de decirte que mis sueños eran del tamaño justo de tus manos. Ahora ya es tarde, deambulo por nuestra casa arrastrando mis pasos, me descubro sentada en tú silla, calzando tus sandalias, bebiendo de tú taza.
Sin que tú ni nadie lo sepa he vuelto a fumar, lo hago por las noches, espantando a los pensamientos nocturnos, me refugio en el humo del cigarrillo con la misma firmeza que me ceñía en un tiempo a tus piernas.
Ahora que han transcurrido los días de la pesadilla quiero confesarte mi rabia, mi coraje y mis blasfemias, al diablo con todo.
Les prenderé fuego los poemas cortos que tanto te gustaban, gritare las canciones francesas que cantabas en la ducha. Y caminare semidesnuda por la casa sintiendo el roce de tú camisa en mis pezones despiertos.
He llegado a la cocina y te siento omnipresente en el cajón de la especies y junto a la mesa, en la ventana aun lado de la nevera. Camino golpeada, amartillada por el dolor, acaricio la madera, siento su piel ¿o es tú piel? Le echo mi cuerpo encima, me dejo abrazar por los espacios cóncavos que el filo de un cuchillo dejo, y te siento de nuevo, en mí, dentro, recién parido del lecho de la muerte.
-¿Dime si es cierto que los gusanos saben a mantequilla?-
-Descríbeme el olor putrefacto de tus gloriosas ingles-
-¿Quien devoro el brillo de tus ojos?-
Ahora amanece, siempre es más fácil con la luz del día. Son las terribles noches, las interminables noches a las que les temo. Cuando el olor de la vainilla ronda mi cama y me recuerda que no estas mas aquí.
Pero como te dije, amanece y el canto de los gallos anuncia las primeras horas de una nueva epifanía.
Beatrix
Sin que tú ni nadie lo sepa he vuelto a fumar, lo hago por las noches, espantando a los pensamientos nocturnos, me refugio en el humo del cigarrillo con la misma firmeza que me ceñía en un tiempo a tus piernas.
Ahora que han transcurrido los días de la pesadilla quiero confesarte mi rabia, mi coraje y mis blasfemias, al diablo con todo.
Les prenderé fuego los poemas cortos que tanto te gustaban, gritare las canciones francesas que cantabas en la ducha. Y caminare semidesnuda por la casa sintiendo el roce de tú camisa en mis pezones despiertos.
He llegado a la cocina y te siento omnipresente en el cajón de la especies y junto a la mesa, en la ventana aun lado de la nevera. Camino golpeada, amartillada por el dolor, acaricio la madera, siento su piel ¿o es tú piel? Le echo mi cuerpo encima, me dejo abrazar por los espacios cóncavos que el filo de un cuchillo dejo, y te siento de nuevo, en mí, dentro, recién parido del lecho de la muerte.
-¿Dime si es cierto que los gusanos saben a mantequilla?-
-Descríbeme el olor putrefacto de tus gloriosas ingles-
-¿Quien devoro el brillo de tus ojos?-
Ahora amanece, siempre es más fácil con la luz del día. Son las terribles noches, las interminables noches a las que les temo. Cuando el olor de la vainilla ronda mi cama y me recuerda que no estas mas aquí.
Pero como te dije, amanece y el canto de los gallos anuncia las primeras horas de una nueva epifanía.
Beatrix
viernes, enero 14, 2005
El secreto mejor guardado
Miércoles lluvioso, el ring del teléfono me despertó del hipnótico poder que ejerce la lluvia sobre mí. El secreto mejor guardado se localiza entre el barrio somalí y el sudanés, tienen doce años elaborando el mejor pan dulce de la región.
-¿Quieres ir?-
Dunia y yo seguíamos el llamado, estábamos a solo escasa horas del Día de Reyes, la tradicional celebración que festeja la visita de los tres reyes magos al niño Jesús.
Así que teníamos una buena excusa para salir en medio de la lluvia y el frío para poder probar el afamado pan.
Efectivamente, en el punto medio donde se encuentran los dos barrios, se levanta, en una esquina esta tradicional panadería, un rincón de Michoacán endulza el ambiente entre estos dos conflictivos barrios.
Era ya tarde, así que teníamos una hora para disfrutar del interior.
-Las buenas panaderías mexicanas, escúchame bien Dunia no se preocuparan por los exteriores, es dentro, donde uno puede observar y deleitarse con la belleza artesanal de esta tradición culinaria-
Me baje del carro no sin antes prometerle que regresaría con algo para ella. Al abrir la puerta fui bienvenida por la dueña, me animo a admirar las delicias.
Charolas de conchitas de vainilla, fresa y chocolate, piedras, cochinitos, espejos, chilindrinas, velos de novia, picones, ojos de buey, bizcochos, bollitos, empanadas, elotitos, negritos, bolillos y teleras. Al lado de la caja registradora una vitrina mas con banderillas, turrones, mantecadas, rebanadas, trompadas y las tradicionales Roscas de Reyes.
¿Que llevar? Por lo menos una pieza de cada cosa, es una locura es demasiado pan. Doña Ely me ve titubear y me dice:
-El que se lleve le va gustar, mis panaderos trabajan en los hornos a partir de la medianoche y en nuestro pan dulce solo va encontrar la receta original. Amor-.
Amor, fue lo que Dunia y yo probamos al darle una mordida a ese inmemorable pedazo de pan. Amor, fue la materia prima que utilizo ese panadero para amasar, moldear y hornear cada una de esas piezas.
Con los vidrios empañados de vaho Dunia y yo nos deleitamos sin control resguardándonos de la lluvia y el viento.
Vuelve a sonar el teléfono:
-¿que te pareció?-
-Me encanto, le respondo-
-Como comprenderás entre tú y yo ya no puede haber secretos-
Sonrío nerviosa y cuelgo no sin antes responderle:
-Y no los habrá-
Beatrix
-¿Quieres ir?-
Dunia y yo seguíamos el llamado, estábamos a solo escasa horas del Día de Reyes, la tradicional celebración que festeja la visita de los tres reyes magos al niño Jesús.
Así que teníamos una buena excusa para salir en medio de la lluvia y el frío para poder probar el afamado pan.
Efectivamente, en el punto medio donde se encuentran los dos barrios, se levanta, en una esquina esta tradicional panadería, un rincón de Michoacán endulza el ambiente entre estos dos conflictivos barrios.
Era ya tarde, así que teníamos una hora para disfrutar del interior.
-Las buenas panaderías mexicanas, escúchame bien Dunia no se preocuparan por los exteriores, es dentro, donde uno puede observar y deleitarse con la belleza artesanal de esta tradición culinaria-
Me baje del carro no sin antes prometerle que regresaría con algo para ella. Al abrir la puerta fui bienvenida por la dueña, me animo a admirar las delicias.
Charolas de conchitas de vainilla, fresa y chocolate, piedras, cochinitos, espejos, chilindrinas, velos de novia, picones, ojos de buey, bizcochos, bollitos, empanadas, elotitos, negritos, bolillos y teleras. Al lado de la caja registradora una vitrina mas con banderillas, turrones, mantecadas, rebanadas, trompadas y las tradicionales Roscas de Reyes.
¿Que llevar? Por lo menos una pieza de cada cosa, es una locura es demasiado pan. Doña Ely me ve titubear y me dice:
-El que se lleve le va gustar, mis panaderos trabajan en los hornos a partir de la medianoche y en nuestro pan dulce solo va encontrar la receta original. Amor-.
Amor, fue lo que Dunia y yo probamos al darle una mordida a ese inmemorable pedazo de pan. Amor, fue la materia prima que utilizo ese panadero para amasar, moldear y hornear cada una de esas piezas.
Con los vidrios empañados de vaho Dunia y yo nos deleitamos sin control resguardándonos de la lluvia y el viento.
Vuelve a sonar el teléfono:
-¿que te pareció?-
-Me encanto, le respondo-
-Como comprenderás entre tú y yo ya no puede haber secretos-
Sonrío nerviosa y cuelgo no sin antes responderle:
-Y no los habrá-
Beatrix
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